Posts etiquetados ‘Steinkjer’

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Con la venia del maestro Serrat, hoy inicio este post para documentar lo últimamente acontecido con el título de una de sus canciones más celebres. Y es que no cabe duda que los niños son sorprendentes y deben ser mencionados (y aún escribo estas líneas mientras tarareo aquello de «Niño, deja ya de joder con la pelota. Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca«). Con el fin de poder alumbrar a más de uno en su particular oscuridad y confusión al ponerme a hablar de niños, pelotas y Serrat, narraré lo acontecido por donde deben iniciarse las cosas siempre: en sus albores.

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Bienvenido a Namdalseid. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

Esta vez mis pasos me han llevado a Namdalseid, una pequeña provincia del Norte de Trøndelag situada a casi cuarenta kilómetros de Steinkjer y al noreste de Namsos, contando con mas de mil quinientos habitantes. Mi destino era, al bajar del bus que me había traído al lugar tras un trayecto de cuarenta minutos, la Guarderia de Namdalseid; Los jefes y yo acordamos que ir a un hogar de infancia para mejorar el idioma podía ser una experiencia muy interesante y como no, lograría lo que no conseguía al trabajar con ancianos (o si lo lograba pero con mayor dificultad). Por supuesto, hay que tener en cuenta tres factores:

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Adios 2013, Hola 2014!

Publicado: 31 diciembre, 2013 en Noruega 2.0
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Hola, mis queridos amigos, estas van a ser mis últimas palabras escritas este año. 2014, como pasa el tiempo!. Parece que fue ayer que aún vivía en Barcelona y trabajaba como enfermero por los diferentes hospitales y centros. Supongo que miro hacia atrás y es inevitable hacer balance de este trepidante año lleno de cambios y debo decir que, han habido muchas cosas que recordaré y otras que preferiría olvidar.

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Bon día, buenos días, God morgen!

Hoy, 25 de diciembre del 2014 amanece gris y sombrío en la ciudad de Steinkjer. No hay apenas decorados navideños por las calles (las últimas tormentas de nieve se encargaron de destrozarlos), no hay apenas luces brillantes que iluminan las tinieblas de un lugar donde a las tres de la tarde ya es de noche. Apenas hay gente paseando por la calle y el camino escarchado que hay hasta el centro permanece oscuro y solitario mientras el único sonido que me envuelve es el hielo al quebrarse bajo mis pies. Al llegar al centro donde trabajo me encuentro con ese espíritu navideño tan anhelado; los pacientes me saludan con una sonrisa y un «God Jul», mis compañeras de trabajo sonríen y bromean sin cesar durante todo el turno y el centro está iluminado y decorado por cada centímetro de éste. Ese es el espíritu navideño que quería encontrar, viviendo tan lejos de mi familia, de mis amigos e incluso, de los compañeros con los que empecé esta aventura. Un sentimiento realmente poderoso llama a la puerta y ese sentimiento se llama Nostalgia.

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… Y sigue escribiendo el blog, dijo Carlos, sonriente pero con mirada melancólica al lado de mis maletas. Estábamos en la estación de Ås un mediodía soleado y las inclemencias meteorológicas habían respetado la jornada de viaje de vuelta a Steinkjer. En cuanto el ruido del tren se hacia cada vez más notorio, arribando cada vez más y más éste a la estación, nos acercamos para darnos un caluroso y sincero abrazo y de mi boca salió Tío, eres la familia que aquí no tengo, te voy a echar de menos y Carlos, sonriente respondió con un y yo también, Bruneke (Así me llama cariñosamente). Y se produjo un silencio nada incomodo. Jamás un silencio había dicho tanto (Lo lamento, pero esto no es Brokeback Mountain y por tanto, los tiros no van por ahí). Me ayudó con las maletas y ya dentro del vagón nos estrechamos la mano y un cuídate al unísono salió de nuestras bocas. Las puertas se cerraron y el tren se puso en marcha para llevarme a la estación de Oslo.

Recuerdo ese instante muy bien y creedme, fue un momento emotivo entre dos amigos que empezaron esta aventura juntos y tras un tiempo viviendo alegrías y tristezas por tierras nórdicas, deben separarse (esperando eso si, que sea por un tiempo prudencialmente corto). Pero no sería justo empezar el relato de mi llegada a Steinkjer sin antes contaros lo acontecido antes. Ahí va:

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La última noche

Publicado: 23 octubre, 2013 en Noruega 2.0
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Son las doce y media de la noche. Estoy en mi terraza, aprovechando que en Barcelona, aunque estamos ya cerca de terminar Octubre, aún hace el suficiente calor como para estar sentado un buen rato sobre la silla de plástico, a gusto al exterior. Mientras leo un libro para tratar de conseguir que el sueño me invada, miro el cielo enrojecido por las nubes que vaticinan tormenta nocturna y pienso: Mi última noche. Mañana, vuelvo al país que me ha acogido para trabajar en aquello para lo que fui formado y el cual, amo con pasión. Mañana, a eso de las ocho y media, mi avión saldrá desde Barcelona (hasta luego, mi querida ciudad condal) y  surcará los cielos hasta llegar a Noruega. Mi destino, Ås (como es una vocal extraña en la lenguas que provienen del latín, debo decir que se pronuncia «Os», la Å suena a una O).

Sé que he tardado algún tiempo en escribir aquí, pero al finalizar el trabajo en Steinkjer y de vuelta a España para vacaciones de verano, he realizado mis quehaceres típicos de una época estival: ir a la playa e ir a Águilas, un pueblo costero de Murcia donde siempre veraneo (o en tal caso, pretendo veranear, siempre que se pueda). Me he podido despedir de todos mis amigos, conocidos y familia (unas cuantas veces, huelga decir) que tengo. También debo decir que he lamentado estar en las horas más bajas de mi abuela paterna hasta acompañarla en su última morada (Si puedes leer esto, Yaya, solo decirte que te echamos de menos, por favor, saluda a los abuelos cuando los veas, un beso muy fuerte al Avi Ramón y al Avi Juan).

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Finalmente, llegó el día 15 de agosto, el día de ayer. Mi último día como enfermero en el hogar de ancianos del pueblo de Kvam. Llegué hace más de tres meses a Noruega y más de uno al pueblecito donde he estado trabajando durante este tiempo, buscando un futuro que en mi tierra no se nos (a mis compañeros y a mi) a permitido tener. Noruega, un país que nos ha acogido con los brazos abiertos y que sus habitantes comparten, junto con nosotros, esa noble inquietud de cuidar a las personas.

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Después de levantarnos tras una velada fiestera repleta de jolgorio en el Onkel Oskar (como no) para celebrar el cumpleaños de Carlos (31 primaveras, Gratulerer med da’n!!), que tuvo lugar el día 11, hemos decidido que hoy era un día idóneo para organizar una barbacoa todos juntos. Nos hemos vestido y hemos ido a comprar avituallamiento: paquetes de salchichas, bolsas de pan para perritos calientes, patatas, queso y agua para 10 personas. Como eramos bastantes para desplazarnos hacia la iglesia de Egge, cuyo lugar estaba especialmente adecuado para hacer el picnic campestre de hoy, Carlos ha realizado un par de viajes con La Bestia para llevarnos a todos. También han venido Mar y Sergio desde su apartamento en coche para no perderse la comida de hoy.

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La familia, enfermer@s y matronas, disfrutando de una buena barbacoa. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

El tiempo no podía ser mejor: sol de justicia con unas pocas nubes grisáceas por los alrededores, cocacolas, patatas, salchichas de frankfurt por doquier y como no, el placer de la buena y sana compañía. Para realizar la barbacoa hemos contado con la inestimable ayuda de dos engangsgrill, un dispositivo portátil que consta de carbón vegetal en un recipiente de papel de aluminio y una rejilla donde colocar la comida a cocinar. Tan solo se requiere un encendedor para prender las brasas. Como podéis ver, coser y cantar.

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Los engansgrills haciendo su trabajo. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

Pues bien, en el momento que hemos encendido la barbacoa portátil, la Ley de Murphy no podía olvidarnos ni tan solo un domingo en Noruega y ha empezado a llover. Primero ligeramente, luego unos tremendos gotarrones que nos han obligado a retirar nuestros bártulos y cobijarnos en el porche del antiguo edificio contiguo a la iglesia, donde habían almacenadas otras sillas y mesas que seguramente servirán para organizar grandes banquetes al aire libre con vistas al fiordo.

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Al fin es viernes! esa es la traducción del encabezado. Y es que después de una semana de prácticas larga, hoy es día de explayarse y salir un poco por Steinkjer. No es que hayan pasado muchas cosas desde el último post, pero algo hay por contar:

Ayer, volviendo para Stod después de las prácticas, a escasos kilómetros de la casa, la rueda delantera de La Bestia sufrió un reventón, así que, cuando llegué por fin al dulce hogar, comprobé que efectivamente, el neumático había sufrido un percance, así que tuve que reemplazarlo por la rueda de repuesto. Observé que al sacar el neumático del maletero no había ni rastro del gato, por lo que tuve que ir la vecina a pedirle el dichoso armatoste. Y menudo armatoste me dejo: un gato hidráulico de gran tamaño (se nota que estos noruegos deben de cambiar las ruedas de verano y las ruedas de invierno). Problema solucionado. Bruno 1 – Rueda de recambio 0.

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3 de junio. Hoy hace un mes que estoy viviendo en Steinkjer. Ayer, mientras tomaba una infusión de té verde con canela en la calle, sentado en una silla y al lado de una mesa que está próxima a mi apartamento (cortesía de nuestros anfitriones), he tomado esta foto con el móvil. Mientras daba pequeños sorbos a la infusión aun caliente y la canela llegaba a mis papilas gustativas, observaba la tranquila calle de Kongens Gata y la tranquilidad del domingo era palpable. Veía pasar coches de diversas gamas pero sobretodo, coches antiguos, muy antiguos, en perfecto estado. Y es que en Noruega parece que las cosas están hechas para que perduren en el tiempo: Para mi es impensable que en Barcelona, un coche antiguo descanse en la calle a merced de las inclemencias meteorológicas pero sobretodo a merced de algún individuo (aún por civilizar) que raye la pintura o simplemente decida que debe dejar su marca personal impresa en esa obra de arte. Aquí, los noruegos hacen gala de tal educación y buenas maneras que uno puede dejar su coche aparcado tranquilamente y sin ningún tipo de temor a que nadie lo raye, estropee, orine o vomite. Por no decir que llevo un mes aquí y no he oído ni una sola bocina del coche.

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Finalmente, el día que todos nosotros esperábamos llegó. Ayer nos examinamos de noruego nivel B1 a nivel escrito, oral y comprensión. Esperado y temido también. No por miedo a aprobar o suspender (más que nada, la mayoría ya sabíamos como iba a ir) sino más bien por temor a decepcionar a nuestros jefes, que hacen día tras día un esfuerzo económico para contentarnos con nuestras exigencias, que no son pocas.

A eso de las 10 de la mañana nos hemos dirigido al examen escrito y de comprensión y unas horas más tarde hemos salido del centro con caras más largas que alegres, aunque también con ligera resignación por saber lo que podíamos encontrarnos. Después de comer y descansar un poco hemos ido a hacer la última parte del examen, la oral. Como era una prueba a la que también coincidíamos con otras personas que viven en Steinkjer de procedencias varias, hemos echo el examen juntos. En mi caso, hice el examen con un chico y una chica de Eritrea que llevaban ya 3 años en Noruega y por tanto, con un noruego más curtido que el mio. Estuvimos hablando entre los tres sobre nosotros mismos, sobre cultura general de cada uno de nuestros países, sobre películas y libros predilectos e incluso si creemos que hacen muchos deportes en la televisión. Todo eso en noruego y bajo la supervisión de las examinadoras, que anotaban en una lista las observaciones pertinentes. Debo decir que no me fue nada mal, comparado con las otras pruebas. Ya veremos las cualificaciones.

Al salir del centro y después de despedirme de los dos de Eritrea, deseándoles buena suerte, compruebo que todos mis compañeros y André (uno de los jefes) me están esperando para coger el bus: Estamos invitados a una barbacoa con Håvard. El lugar de encuentro, al lado del fiordo en Beistad, un pueblecito cercano a Steinkjer. Subimos al bus, sonrientes, y nos sentamos en las asientos contemplando el frondoso paisaje de arboledas, solo cortados por los campos de cultivo. Al cabo de 15 minutos, llegamos a nuestra parada y nos pusimos a caminar a fila de uno por la carretera hasta llegar a un camino de barro seco. Los arboles aún nos tapaban la esplendida vista que íbamos a encontrarnos.

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