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-El recorrido es más llevadero escalando la montaña, porque yendo en sentido contrario y descendiendo por ésta es muy duro y peligroso-“, dijo aquel noruego con marcado acento de Bergen a Isa y a mi, mientras bebía lentamente pequeños sorbos de una botella que había rellenado en el Bessvatnet, unos metros montaña abajo, para luego volver a escalarla con notable pericia y en ese momento se disponía a fumarse un cigarrillo con cierta satisfacción. Lo observaba con cierta envidia, puesto que yo, Don Caguetín, hago siempre gala de terribles esfuerzos y extenuación a la hora de combatir mi miedo a las alturas, pero aquel noruego tenía mi absoluto respeto y no era para menos: Considerando que aquel hombre, que rondaba los sesenta años de edad, había subido y bajado la ladera reiteradas veces, como un gamo, sin transpirar siquiera, merecía toda mi admiración. ¡Qué duro estaba siendo el Besseggen!, pensábamos ambos.

Tal vez incluso más que el Trolltunga. Tal vez.

Esto, amigos míos, fue una anécdota que ocurrió en la última ruta que describo a continuación, aunque haya empezado ésta unos kilómetros más adelante. Debéis comprenderme; dado a mi interés por la escritura y la forma -como algunos ya habréis podido comprobar en los anteriores posts- en que narro mis vivencias (algunos dirán que suelo prolongarlas de forma tediosa y faraónica), convirtiendo una mera explicación en algo épico y por esta razón no me parece interesante contar una historia cuyos protagonistas van del punto A al punto B de forma llana y sin darle cierta emoción y dramatismo, así que, permitidme que, tras hacer uso del salto en el tiempo como recurso literario, empiece sin más preámbulos a contaros como fue la historia desde el principio, desde el punto A.

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¡Para allá que vamos!

 

Isa y yo aprovechamos unos días libres del trabajo para visitar el Besseggen, una de las rutas más conocidas y visitadas en Noruega. Situada al oeste del Parque Nacional de Jotunheimen (¡cómo no!, un gran numero de rutas con paisajes de ensueño aguardan en este parque), dentro de la comuna de Vågå y en el condado de Oppland. Se trata de un recorrido a pie de aproximadamente ocho – diez horas de duración con inicio en Gjendesheim. Para ello, dispusimos de un coche (¡gracias, Iris por prestárnoslo!) con el que cargamos nuestros bártulos para la expedición (mochilas, comida y tienda de campaña en resumidas cuentas) para recorrer aproximadamente unos doscientos cincuenta kilómetros desde Elverum hasta llegar a las inmediaciones de Gjendesheim.

besseggen

Haz clic en la fotografía para agrandar la imagen

El Besseggen puede recorrerse de varios modos pero destacaré dos, pues fueron los posibles dada nuestra ubicación (y por que no decirlo, nuestra preparación física):

Modo 1: Llegar a Gjendesheim para tomar un bote con el que navegar el rio Gjende hasta el embarcadero de Memuburu y recorrer catorce kilómetros a través del sendero a pie, hasta regresar a Gjendesheim.

Modo 2: Realizar el Modo 1 en sentido inverso: Llegar a Gjendesheim e iniciar la travesía por la cresta hasta llegar a Memuburu y tomar el bote que nos transportaría de nuevo a Gjendesheim.

Acordamos tomar la primera opción por cuestiones de horarios del bote y nos pusimos en marcha, recorriendo la autopista E6 hasta llegar al pequeño pueblo de Heidal donde hicimos una parada para estirar las piernas, visitar su iglesia y de paso, tomar algunas fotografías.

Como apunte interesante diré que Heidal es también conocida por su elaboración de origen del Heidalost, un brunost (queso de sabor dulce y color marrón) muy apreciado y popular en Noruega.

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Proseguimos nuestro viaje, continuando por la conocida carretera 51, marcada con el símbolo de “ruta de interés turístico nacional” (Nasjonale Turistveger), indicándonos que habíamos llegado hasta las inmediaciones del parque. La verdad es que no hacía falta un cartel para señalarnos el inicio de éste, pues el paisaje que se dibuja en este lado de Noruega es precioso y salvaje, salpicado de cabañas de color ocre y marrón por doquier, aguas mansas azul turquesa y arboledas de diverso tipo.

Con el ocaso cerniéndose sobre nosotros, decidimos buscar un lugar donde detenernos para acampar y proseguir al día siguiente de forma temprana. Unos kilómetros más adelante nos topamos con el Vågå Fjellstyre, un campamento de montaña junto al arrollo del río, dotado de sanitarios y fuentes de agua no potable. Tras pagar 75 coronas para pernoctar, montamos la tienda y cenamos mientras la oscuridad envolvía el llano paisaje.

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Al día siguiente, con las primeras luces del nuevo día, desayunamos copiosamente y nos pusimos en marcha hasta llegar a uno de los aparcamientos de Gjendesheim (hay uno de larga estancia y dos de corta estancia), situado a un kilómetro y medio del embarcadero. Decidimos dejar en el coche todo aquello que no fuera necesario para la excursión ha realizar (siendo la mejor idea que pudimos tener) y tomamos el bus que nos acercaría hasta el mismo embarcadero.

Una vez allí, esperamos pacientemente en el muelle, junto a un sinfín de turistas, ávidos por iniciar la ruta como nosotros mientras otros tantos iniciaban la ruta en sentido contrario, según el MODO 2. Puntual como un reloj, la embarcación arribó, surcando las azules aguas del Gjende para trasladarnos hasta el inicio de la ruta, en Memuburu.

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Una vez allí, iniciamos la ruta que se abría montaña arriba con una inclinación del terreno más que respetable: andamos más de dos horas hasta dar con el primer cartel para darnos cuenta de que solo habíamos recorrido dos kilómetros de ésta y aún nos faltaban doce por recorrer  (lo peor estaba aún por llegar).

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Proseguimos el camino lentamente, deteniéndonos de vez en cuando para tomar fotografías y admirar el paisaje (así como para recuperar el aliento, admitámoslo), pues era impresionante y a medida que íbamos progresando, el paisaje tan famoso, visto en las fotografías, iba cobrando forma: La estampa del color turquesa de río Gjende, el color azul marino del lago Bessvatnet al otro lado y la cresta, rodeada por ambas masas de agua mientras ésta elevaba y descendía su altura paulatinamente. Después de unas cuantas horas deambulando por rocas y maleza mientras nos cruzábamos con varios excursionistas que realizaban el sendero en sentido contrario a nosotros, decidimos parar para comer y descansar un rato mientras gozábamos del paisaje y la compañía de enormes cuervos de color azabache que planeaban, graznando por encima de nuestras cabezas.

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Agreste y espectacular, así fue el recorrido que parecía no terminar jamás, pues justamente cuando empezamos a descender y creíamos que estábamos cerca del final, nos encontramos con el siguiente cartel que anunciaba que solo habíamos recorrido la mitad de la ruta y frente nuestros ojos, empezaba “la diversión”.

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Lo jodido venía ahora. Foto: Isabel Olmedo Perdiguero

De pronto, el terreno rocoso rodeado por vegetación, dio paso a una pared de pura roca que hacía necesario el uso de las dos manos para poder ascender. ¿Os he hablado ya acerca de mi miedo a las alturas? Pues ahí estábamos, escalando y progresando lentamente (bueno, a decir verdad, Isa iba escalando la ladera, rescoldo a rescoldo con gran facilidad mientras yo la seguía, transpirando y temblando sin apartar la mirada de su trasero, porque no me atrevía a mirar hacia abajo) mientras los minutos se hacían milenios para mi y la ladera no parecía terminar jamás.

Ahí fue donde nos encontramos al noruego que describí al inicio del post, descansando en un minúsculo saliente mientras nos observaba con una sonrisa esbozada en su rostro. Éste nos acompañó por la interminable ladera hasta llegar finalmente al punto más alto de ésta, significando el fin de la escalada (aunque no el de la ruta), sin apenas aliento pero satisfechos por la personal gesta, disfrutando del paisaje desde lo alto.

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Extenuados, descansamos mientras conversábamos con aquel hombre y su mujer; nos preguntaban con verdadera curiosidad qué nos había llevado a venir a Noruega, acerca de la situación -política y económica sobretodo- de nuestro país de origen, etc. Compartimos el agua de nuestros recipientes mientras charlábamos animosamente, aconsejando también a todos aquellos que se acercaban por la ladera en sentido contrario y se disponían a descender por ésta, que guardaran los bastones, pues no debían usarlos, ya que sería más seguro y sensato. Una hora de amena tertulia que nos ayudó a cargar pilas para proseguir nuestro camino mientras el tiempo apremiaba y el sol iniciaba lenta e inexorablemente su viaje hacia el ocaso.

Tras la agotadora escalada, el camino se abría totalmente diferente: el terreno, que seguía manteniendo una tendencia ascendente, pasaba de ser rocoso salpicado de maleza, a ser totalmente pedregoso y yermo, ofreciéndonos un paisaje totalmente desolador y agreste a cada paso que dábamos. Seguimos avanzando un kilómetro y medio aproximadamente hasta alcanzar el Veslfjellet, un pequeño montículo de piedras y rocas que sitúan su cúspide como el lugar más alto de todo el Besseggen, a 1743 metros por encima del nivel del mar.

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El Veslfjellet. Foto: Isabel Olmedo Perdiguero

Después del instante de gloria plasmada en fotografía, proseguimos con la excursión cuyo terreno empezaba a descender paulatinamente pero aún mantenía ese paisaje desolador y salvaje: Cualquiera que haya visto la serie The Terror podrá asemejar dicho panorama con la helada e inhóspita llanura, con excepción, por supuesto, de la temperatura extrema y (¡OJO, SPOILER!) la presencia del Tunnbaq. Con o sin demonios ancestrales del Ártico por aquellos lares, continuamos hasta llegar al borde de un precipicio desde donde se observaba, finalmente, Gjendesheim, el punto donde finalizaba la excursión.

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Después de diez horas de Bessegen, dolor de rodillas, tobillos resentidos por las torceduras fruto del terreno irregular y traicionero, cinco litros de agua convertidos en sudor y miles de blasfemias proferidas a viva voz, llegamos a Gjendesheim a tiempo para tomar el último bus que nos acercaría al aparcamiento y finalmente, el descanso.

 

Han pasado ya unas semanas desde entonces y ya recuperado, puedo constatar unos cuantos puntos importantes, así como algunos consejos para todo aquel que se aventure por el Parque Nacional de Jotunheimen (también aplicable a la mayoría de excursiones):

1.- He podido realizar múltiples rutas de diversa dificultad y longitud, destacables, Trolltunga, Preikestolen, Kjerag, Galdhøpiggen, Tusentrinntrappa, Rampestreken entre otras y puedo afirmar que, EL BESSEGGEN HA SIDO (PARA MÍ) LA MÁS DURA DE TODAS LAS QUE HE REALIZADO.

2.- Recomiendo encarecidamente realizar la ruta por el sentido descrito anteriormente, ya que el descenso en sentido contrario resulta mucho más peligroso y entraña una mayor dificultad.

3.- Haced clic y consultad la página web donde se exponen los horarios de los barcos, así como comprar el billete del barco de Gjendesheim previamente, planificando mínimamente la excursión y evitando colas innecesarias o incluso quedarnos sin billete en los meses de mayor afluencia turística.

4.- Importante hacer uso de mochila con la que llevar comida, muda de ropa interior y camiseta, ropa para lluvia, frontal y muuuuucha agua, sobretodo si se prevé recorrer catorce kilómetros en pleno verano.

5.- Tan importante es llevar lo necesario como lo justo e indispensable: No sirve de nada llevar una mochila de ciento diez litros de capacidad si uno acaba por llenarla hasta los topes con aquello que espera usar y no usa (los “por si acaso” son un problema), sumando peso adicional que puede convertir una excursión de cierta exigencia física en (FREAK MODE ON) nuestro personal Concilio del Anillo hacia el Monte del Destino en Mordor.

6.- El dicho “El diablo sabe más por viejo que por sabio” no es un dicho adjudicado a la gente anciana por azar. Si uno ve personas de cierta edad, deambulando con bastones por determinados terrenos, es de notable sabiduría imitarlos, pues el uso de éstos ayuda en el transcurso de actividades de esta índole. No es que me adjudique dicho ápice de sabiduría, cualquier persona con cierta formación y experiencia -como es el caso de los amantes del trail o el trekking- puede corroborarlo. Para más muestras, leed el siguiente blog haciendo clic al enlace.

7.- Calzado de montaña cómodo, impermeable y de buen agarre, ya sean botas o zapatillas deportivas tipo Salomon SpeedCross® (por decir alguna marca)…. ¡no se os ocurra ir con Converse® o mocasines, qué nos conocemos!

Y por último aunque no menos importante…. 8.- ¡Disfrutad de la experiencia, el paisaje y el camino, por muy arduo que pueda ser el Besseggen!

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¡Hasta la próxima!

 

 

 

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