Vacaciones de verano (Parte 3 y final)

Publicado: 15 septiembre, 2017 en Noruega 4.0
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(CONTINUACIÓN…)

“Nos vamos a comer el mundo, eso fue lo que dijimos
No que sólo notaríamos el hambre
Porque sé vivir con cobre pero no vivir sin sueños
Ni con esta colección de nombres por más que me empeño…”

Cantábamos entre susurros, sonrientes, mientras conducía velozmente el viejo aunque bien conservado Opel Astra del dos-mil de Isa, por la carretera regional número quince que atravesaba parte de Sogn og Fjordane, concretamente por Stårheim y Nordfjordeid. Mi abulense predilecta, que había finalizado su último turno en Kulatoppen Omsorgssenter, descansaba en el asiento del copiloto, aún agotada debido a la jornada laboral pero entusiasmada -por el viaje en sí- y terriblemente emocionada -debido a la despedida y a los presentes regalados por sus compañeros de trabajo en su último día- por igual; sus ojos, aún vidriosos no podían esconder mayor alegría, mucho menos su sonrisa.

El vehículo avanzaba sin pausa entre el bosque y la sinuosa carretera mientras el traqueteo de las mochilas en el maletero y la voz de Juancho Marqués junto con la nuestra, ambientaban el interior del coche.

“….HE VUELTO A CAMBIAR
POR ESTAR DONDE QUIERO ESTAR
SÓLO QUISE VOLAR
ABANDONAR LA CIUDAD

YA NO VOLVERÉ A CALLARME
A DEJAR DE LEVANTARME, A BUSCARTE
¿NOS VAMOS PALANTE’ O QUÉ?
¿VAMOS PARRIBA’ O QUÉ?….”

Gritábamos mientras el estribillo entraba en escena, esbozando sonrisas y miradas de complicidad mientras el ocaso bañaba el paisaje y los últimos rayos de sol se escondían en el horizonte. Finalmente, tras unas horas de conducción, llegamos a Lote, donde debíamos tomar el transbordador que cruzaría el fiordo de Innvik hasta llegar a Anda y proseguir con nuestro recorrido. Ni más ni menos, un recorrido de trescientos kilómetros que nos obligaba a pernoctar en algún lugar de Hordaland y proseguir al día siguiente.

Isa, que decidió continuar el viaje al volante, atravesó Jølster, Sogndal, Aurland y otros municipios hasta que finalmente decidimos detenernos a las afueras de Granvin -entre Voss y la orilla norte del fiordo de Hardanger-, en una explanada perfecta para montar la tienda junto al coche, que se hallaba aparcado entre la inhóspita carretera y nosotros. Entre tinieblas, con el sonido de los grillos y los arboles agitándose por el suave ulular del viento, la tela verde de la tienda Quechua nos resguardó bajo una noche estrellada y húmeda, sobre la graba y la maleza, esperando a que Morfeo nos envolviera entre su manto.

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Al día siguiente, tras despertarnos, como últimamente solemos hacer, desayunamos con un estupendo café soluble de fogón y nos pusimos en marcha con la intención de llegar finalmente a nuestro primer destino. Para ello debíamos llegar a Odda y subir la serpenteante, angosta e inclinada carretera hasta el aparcamiento de Tyssedal, lugar donde inicia el sendero de una de las mayores, más bonitas y reconocidas atracciones de Noruega: el Trolltunga (la lengua del Troll).

Pero antes de que pudiéramos soñar con posar nuestros pies en la grisácea piedra a lo alto del fiordo, los primeros problemas surgieron como si de una negra nube que tapara el sol se tratara: en plena subida y sin posibilidad de realizar maniobras de emergencia, empezó a salir humo del capó del coche, indicando un sobrecalentamiento del motor debido al esfuerzo de éste al tratar de subir por tan escarpado camino, hecho que nos obligó a detener el vehículo en una curva que permitía (afortunadamente) a otros vehículos subir y bajar a través de esa maldita carretera. No faltaron conductores que pasaron, en su ascenso o descenso a la cumbre, para detenerse a preguntar si todo iba bien o si necesitábamos ayuda. Pero el rey de todos aquellos bienaventurados hizo gala de presencia, conduciendo el autobús turístico y girando el volante con una sola mano en aquella curva, haciendo maniobrar a aquel monstruoso vehículo como si de un seiscientos se tratara, casi rozándolo con nuestro bólido y prosiguiendo su trayecto hacia Odda, no sin antes detenerse durante escasos segundos para girarse hacía nosotros mientras esbozaba una sonrisa oculta bajo un mostacho de actor porno setentero y guiñarnos pícaramente el ojo: No pude evitar romper a reír ante tal demostración de pericia pero sobretodo, y perdón por la expresión, por literalmente descojonarse en nuestra cara sin siquiera hacer ademán por detenerse para preguntar si necesitábamos ayuda. Afortunadamente, el tiempo que estuvimos detenidos, pensando en que la posibilidad de abortar la misión fuera lo más sensato, le permitió al motor enfriarse y gracias a ello, pudimos proseguir con tiento y calma hasta el final del trayecto. Conteniendo el aliento y esperando a no sobrepasar las dos mil revoluciones por minuto de éste, llegamos al concurrido aparcamiento junto al kilómetro cero del sendero hacia el Trolltunga: la aventura inicia.

(…. ¿Nos vamos palante’ o qué? Nos vamos parriba’ o qué?…)

La excursión al Trolltunga

Ya ataviados con sendas mochilas y listos para la dura jornada que acontecía, nos pusimos en marcha, no sin antes, fotografiarnos junto al mapa de inicio de ruta y comprobar que, desde que fui por primera vez con mi amigo malagueño José Luis, el sendero ha variado ligeramente: Antaño el recorrido iniciaba con una inenarrable e irregular escalinata de roca de dos kilómetros y posteriormente le seguía un trayecto más o menos de orografía regular, completando así, un camino de once kilómetros hasta la Lengua. Escalinata que, comúnmente, terminaba completamente embarrada por el paso de los aventureros en los días más lluviosos y hacía presumir que más de uno se habría dejado la espalda y el trasero con alguna que otra caída. Actualmente, han construido una sinuosa carretera (aún por asfaltar) de tres kilómetros por donde uno puede circular tanto a pie como en coche, salvando aquellos dos primeros kilómetros de horrible escalinata. El resultado es más que evidente y positivo: un camino más seguro aunque ligeramente más largo, pues pasa de veintidós kilómetros (ida y vuelta) a veintiocho (catorce kilómetros de ida, catorce de vuelta).007(01)

Mientras recorríamos la serpenteante senda, veíamos como se cruzaban con nosotros los primeros excursionistas que, por haber sido muy madrugadores, regresaban; algunos en muy buen estado de forma, otros algo renqueantes pero todos compartiendo dos aspectos muy observables a simple vista: sus caras de cansancio y sus ojos y sonrisas iluminadas debido a tal ardua pero increíble experiencia. Eso era lo que anhelábamos nosotros: llegar a lo alto del Trolltunga y sentir aquello; Isa por primera vez, yo la segunda (aunque de forma muy diferente a la anterior).

Tras recorrer los tres primeros kilómetros de subida por el camino gravoso, iniciaba el siguiente recorrido -el que ya conocía-, con otros cambios muy notables: el camino se hallaba completamente señalizado, no solo con las antiguas y famosas pintadas en la roca, sino también por varas de metal y nuevos carteles, lo que permitía a los turistas no perderse en días de niebla espesa, donde encontrar el rastro del camino marcado por la letra roja del DNT (Den Norske Turistforeningen) se hacía extremadamente difícil.

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Me detengo aquí para explicar que, perfectamente podría narrar con todo lujo de detalle el recorrido, pero lugar de ello, podréis ver las fotografías que mi abulense predilecta y yo tomamos durante el transcurso del día hasta llegar a la cima donde pernoctamos. Después de todo, una imagen vale más que mil palabras.

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Eso si, momentos para la posteridad no faltaron: Isa, lejos de creer que en mi primera incursión a la Lengua o al Kjerag, me topara con asiáticos desfilando con simples zapatillas Converse, pudo ser testigo de la coquetería de éstos, incluso en una excursión de tal calibre: nos topamos con una chica asiática paseando con un monísimo vestido y portando un paraguas a modo de parasol durante el camino, como si estuviera paseando por la avenida de una gran ciudad, pero, lo más curioso y realmente anecdótico y divertido fue cuando nos topamos con una familia -también asiática- cuyas mujeres iban con vestidos y los hombres, ataviados con americanas, pantalones de pinza y zapatos de vestir, deambulando por el camino rocoso y enfangado. Eso si, presumiblemente sin agua ni mochilas con las que llevar algunos víveres por lo menos. Valentía o insensatez… ¿chi lo sa?

Tras catorce kilómetros de extenuante camino, llegamos finalmente a la cima: El Trolltunga, repleto de excursionistas, ávidos por inmortalizar su gesta personal, en solitario o en grupo, en el mejor momento de todos; un espectacular y precioso atardecer de rojos matices que hacían de aquel lugar, un entorno idílico.

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Con los últimos rayos de sol desapareciendo tras las montañas y la oscuridad cerniéndose paulatinamente sobre nosotros, montamos la tienda y nos preparamos para pernoctar, junto con algunos excursionistas que tuvieron la misma idea que nosotros, junto al Trolltunga, bajo el cielo estrellado; tan increíblemente descubierto que podíamos atisbar las estrellas que conformaban las diversas constelaciones e incluso la Vía Láctea. No podíamos ser más afortunados, saboreando aquel instante mientras cenábamos caldo de pollo y pasta a la bolognesa al fogón, como algunos días anteriores.

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Al día siguiente, con el sol calentando en el interior de la tienda, disfrutamos del espléndido cielo azul de aquel amanecer junto a la Lengua, mientras desayunamos convenientemente e inmortalizamos aquel momento, comprobando que ya había una larga cola de turistas esperando su turno para fotografiarse sobre el Trolltunga. Era el momento de regresar al aparcamiento, catorce kilómetros más abajo.

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Aquí tenéis las fotografías de regreso, en las que, no solo disfrutamos de cada tramo avanzado sino que también, nos detuvimos para descansar y comer algo sobre una explanada cerca del lago o cerca de un pequeño riachuelo. También -y a modo de Bonus Track-, podéis ver un vídeo que hicimos a modo de homenaje a la excursión y a aquella experiencia, deseando que os guste mucho.

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En excursiones como estas, es cuando se conoce a algunas excelentes personas y como no, ésta no iba a ser una excepción: en los últimos tramos de descenso coincidimos con un grupo de canarios con los que pudimos charlar amistosamente sobre nuestras experiencias vividas y compartir algunos consejos -ya que ellos visitaban Noruega por primera vez como turistas y nosotros residimos aquí-. Si podéis leer esto, Jonathan, Carol: Isa y yo os mandamos un abrazo fuerte, fuerte y os damos las gracias por compartir esta experiencia con nosotros hasta el final.

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Una vez finalizada la excursión al Trolltunga y ya ubicados en el aparcamiento tras un breve descanso en el que tomamos un refrigerio en la pequeña parada de comestibles del lugar, reanudamos nuestro camino para ir hasta Odda y ver el Låtefossen, y de paso, asearnos en los baños situados cerca de las cascadas.

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Después de inmortalizar nuestra presencia bajo las cascadas y de parecer auténticos seres humanos, gracias al agua, al jabón y a la ropa limpia, reanudamos nuestro camino de regreso a Odda con el propósito de cenar algo en el pueblo y posteriormente, conducir hasta Voss y poder ver las famosas cascadas de Tvindefossen, pero una carretera cerrada con una barrera de seguridad debido a las obras que se estaban llevando a cabo en el camino, unos metros más adelante, imposibilitaba abandonar el pueblo a esas horas de la noche, por lo que decidimos detenernos en una área de descanso y dormir en el interior del Opel Astra, pues estaba prohibido acampar: para que luego no digan que no nos apañamos realmente bien con según qué situaciones.

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Odda y el Buerbreen

Unas horas más tarde, con las primeras luces de un día completamente encapotado y lluvioso, desayunamos en las mesas de picnic mientras leíamos por Internet qué atracciones poder visitar y dimos con una fabulosa excursión en la misma Odda: el Buerbreen (Glaciar de Buer), situado a siete kilómetros a las afueras del pueblo. Debo decir que, a causa del mal tiempo, veía la excursión con ligera suspicacia mientras que Isa estaba realmente convencida de ir a visitarlo. Me alegro de que la abulense me convenciera, tanto la excursión como aquel lugar eran magníficos.

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Se trataba de una ruta roja (de difícil acceso) de aproximadamente tres horas de duración que, no solo consistía en caminar por un sendero pedregoso y enfangado en el bosque, sino también requería atravesar el camino mediante resbaladizas pasarelas o subir y bajar cuerdas, por algunos tramos de difícil acceso hasta el fin del camino, junto a las faldas del glaciar. En la subida íbamos bastante bien, a pesar de la incesante lluvia y mi pequeño problema con las alturas, pero una vez que llegamos junto al glaciar y realizamos las respectivas fotografías, decidimos emprender nuestro regreso… y ahí es cuando llegaron los problemas: mientras Isa demostraba pericia al descender con la cuerda por la roca, Don Caguetín -ese soy yo-, se las veía para poder bajar sin miedo a fracturarse la cabeza. Menos mal que mi pequeña compañera de aventuras estuvo ahí, azuzándome y alentándome a proseguir, sino, creo que aún seguiría allí, colgado cual monillo en alguna cuerda junto a la preciosa cascada que acompañaba el camino.

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Finalmente, tras unas horas de excursión y completamente calados por la lluvia y el sudor, decidimos regresar a Odda para comer algo en algún restaurante -por muy buena e idílica que pudiera parecer la idea de calentar el rancho con el fogón, ¡buena falta nos hacía cobijarnos en un restaurante, calentitos, comiendo tranquilamente, sentados en mullidos bancos en lugar de fría roca!-, por lo que entramos en el Smeltehuset, un restaurante situado en el centro de Odda, donde uno podía comer gran variedad de platos, disfrutar del bonito ambiente del local y poder observar las hermosas vistas que se atisbaban desde aquel lugar.

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Voss

Con el estomago lleno aunque toda nuestra ropa algo empapada, proseguimos nuestro camino en el coche con la intención de ir al Tvinde Camping, en Skulestadmo, junto a la cascada de Voss y alquilar una cabaña para poder secar todos nuestros bártulos y asearnos convenientemente. Recientemente limpios y permitiendo que con el calor de los radiadores del interior de la cabaña se secaran las mochilas y toda nuestra ropa, nos acostamos, esperando a que la noche pasara rápidamente para poder ver con todo lujo de detalle aquella maravilla de la naturaleza. Al día siguiente, con un día ligeramente gris aunque por aquel momento, con ausencia de lluvia, nos fotografiamos junto a la cascada -e incluso bebí de sus aguas, pues cuenta la leyenda que ésta otorga el don de la eterna juventud al consumirla-, mientras una ingente masa de turistas se aproximaban a aquel lugar para hacer lo propio.

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Vik

Después de comprobar que todos nuestros bártulos estaban perfectamente secos, proseguimos nuestro camino con dirección a Måløy, pero siguiendo un camino diferente al anterior; esta vez conducíamos por la carretera numero trece hasta tomar un transbordador para acercarnos a Balenstrad y proseguir hasta Fjærland, deteniéndonos en Hopperstad, un municipio de Vik, donde se ubica una de las Stavkirke (Iglesias de madera), la Hopperstad Stavkyrkje, construida en el año 1130, que forma, junto con las iglesias de Borgund, Fantoft, Urnes, Lom o Kaupanger, entre otras, uno de los veintiocho templos de este estilo en Noruega.

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Fjærland

Después de canturrear varias canciones y tras devorar algunos kilómetros, nos detuvimos en Fjærland, un pequeño municipio de trescientos habitantes situado en Songdal, muy cerca del fiordo de Fjærland, con la intención de poder ver sus lugares más conocidos, los glaciares de Bøya y Supphelle, dos de los siete brazos que conforman el gigantesco glaciar de Jostedal: Era realmente espectacular conducir por la carretera y poder presenciar aquella monstruosa masa de hielo azul, repartida por la montaña, haciéndose más y más grande a medida que nos acercábamos hasta finalmente llegar al aparcamiento junto al Bøyabreen (glaciar de Bøya) donde, sin ningún tipo de esfuerzo, uno podía disfrutar de las fabulosas vistas de éste.

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El Bøyabreen a la derecha, el Supphellebreen, a la izquierda

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Iniciamos de nuevo nuestro viaje de regreso a la pequeña ciudad situada en Vågsøy, dando por finalizados estos días de vacaciones de verano, pero contentos por haber disfrutado de todo lo acontecido y, sobretodo, con aún más de ganas de buscar nuevos destinos que visitar, nuevos lugares que descubrir.

Gracias, Isa, por ser como eres, por querer compartir todas estas vivencias, por hacer de un viaje algo emocionante y apasionante, por comprender aquello llamado Wanderlust y por hacer que la llama alimentada por las ganas de viajar, explorar y descubrir, no parezca extinguirse jamás.

Ahora solo me queda una cosa más por decirte:

“…. ¿Nos vamos palante’ o qué? Nos vamos parriba’ o qué?…” 

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