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Frío gélido. Oscuridad. Año nuevo, vida nueva. Noruega invernal. Palabras que le abrazan a uno durante estos días en la ciudad de Elverum, yendo de casa al trabajo y viceversa, pisando con tiento el duro y resbaladizo hielo de la calle mientras las horas de luz se angostan en la misma medida que el termómetro no sube más allá de los cinco grados bajo cero. Instantes en los que uno recuerda (especialmente) a sus seres queridos, y esos momentos junto a ellos. A través de una canción, una fotografía e incluso con el aroma de una colonia, podemos viajar hacia el más recóndito de los lugares que se hallan en la memoria, nuestros recuerdos y revivir, con los ojos cerrados, todo aquello tan dulce. Y así fue como empecé a escribir, tras tantos meses, el siguiente post que hoy acontece; recordando el viaje que Isa y yo hicimos unos meses atrás -cuando el año aún tenia un siete y no un ocho en su cifra- por el oeste de Noruega.

Dicho esto, me dispongo a narrar la siguiente aventura, donde Isa, mi estimada compañera de aventuras, y yo, recorrimos algunos de los lugares más bonitos de Noruega, hará unas cuantas semanas unos cuantos meses. Pudimos ver aquellos milagros creados tanto por la Madre Naturaleza como por el ser humano y como no, plasmarlo en fotografías y palabras para que podáis disfrutar de todo ello. No se me ocurre ninguna manera mejor mientras “Wanderlusteamos” por Noruega, hacer aquello que más nos gusta: Dar rienda suelta a ese sentimiento irrefrenable por visitar y descubrir la tierra nórdica que nos acoge.

Foto 30-9-17 11 38 26Mi nueva aventura inició en una despejada noche, posando mis pies por el húmedo asfalto de la pista de aterrizaje del aeropuerto de Ålesund -ubicado en realidad en la isla de Vigra, al norte de la ciudad- , donde me estaba esperando, junto al departamento de recogida de equipaje, mi pequeña y sonriente abulense a quien saludé, como siempre, con un caluroso abrazo. Condujimos escasa media hora por la carretera que hay desde Vigra hasta Brattvåg, un pequeño pueblo situado en el municipio de Haram, en el condado de Møre og Romsdal, donde Isa residía por aquel entonces, en una bonita casa, junto con Luis y Andreia, dos enfermeros de Accurate Care que trabajan en el centro sanitario del mismo pueblo.

Tras acomodar mis bártulos y charlar animosamente con el grupo mientras cenábamos, preparamos las mochilas y nos fuimos a dormir para cargar pilas e iniciar las primeras excursiones al día siguiente.

 

Åndalsnes

De esta pequeña localidad de más de dos-mil habitantes, situada en el municipio de Rauma, en el mismo condado de Haram, cabe destacar que fue un emplazamiento militar de las tropas aliadas en la Segunda Guerra Mundial y que posee unos paisajes preciosos y únicos. Por ello decidimos visitar el Rampestreken, un mirador alzado a quinientos cincuenta metros por encima del nivel del mar, donde se puede ser testigo de una de las vistas más hermosas que existen. Aunque no se trata de un camino excesivamente largo, el agreste e inclinado terreno, compuesto de raíces de portentosa arboleda, dificultaba el ascenso (Y menos mal que era septiembre y hacía un tiempo magnífico, ¡qué hubiera sido de aquella excursión con nieve!)

Finalmente, llegamos al mirador y debo decir que la publicidad y las palabras de aquellos que ya se aventuraron por esos parajes, no hacen justicia: para disfrutar aquella experiencia, uno debe ir allí y vivirlo en primera persona. Para muestras, un botón:

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Sin animo de detenernos en la increíble pasarela, proseguimos por Romsdaltrappa,  la sinuosa escalera de piedra construida por sherpas del Nepal, donde el gélido viento azotaba mientras el sendero se abría hasta su cima, el Nesaksla, a setecientos quince metros por encima del nivel del mar, donde resistía estoicamente Ottarbu, una vieja cabaña donde todos aquellos que se aventuran por esos lares podían resguardarse al abrigo de las inclemencias meteorológicas mientras disfrutaban de una magnifica vista de trescientos sesenta grados de toda la zona de las montañas y fiordo de Romsdal.

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Satisfechos por la excursión aunque ligeramente helados por el frío viento, iniciamos el descenso hasta llegar al aparcamiento y tras refrescarnos y recargar pilas, arrancamos el Opel Astra y condujimos en dirección oeste durante algo más de veinte minutos hasta detenernos en el aparcamiento donde iniciaba el Trollstigen (La Escalera del Troll), una espectacular y serpenteante carretera de montaña que conecta Rauma y Valldal, ofreciendo en su parte más alta, un precioso paisaje -Bonus extra si uno tiene suerte y llega a tiempo para ver atardecer y anochecer con auroras boreales-. Llegamos arriba a través de sus pronunciadas curvas hasta el mirador, estacionando en el aparcamiento junto a éste y nos sentamos para observar el panorama donde reinaba el silencio y la tranquilidad, sólo rotos por el ulular del aire y la presencia de un hombre fotografiando el paisaje.

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A medida que pasaba el tiempo y el astro rey descendía, diversos grupos iban llegando al mirador, congregándose para asistir al espectáculo, portando desde simples teléfonos móviles hasta equipos fotográficos que hacían palidecer al mejor equipo de investigación; incluso hubo uno que hizo volar su enorme dron por todo el valle, pero debido a las constantes y fuertes ráfagas de aire de la zona, vio como éste se fue alejando inexorablemente hacia el horizonte hasta ser completamente imposible su regreso, mientras, el chico gritaba desesperado “fæn, fæn fæn” (joder, joder, joder). Sé que queda mal reírse de las desgracias ajenas, pero tanto Isa como yo no pudimos esconder nuestras risas burlonas debido a tan cómica situación.

Cuando el rojo atardecer dio paso a las primeras estrellas y la temperatura, junto con el gélido viento, hacía que tiritásemos, volvimos junto al vehículo en el aparcamiento y regresamos montaña abajo hasta llegar a Brattvåg donde nos esperaban los compañeros de piso de Isa, descansando tras una jornada de trabajo.

 

Auroras Boreales en Brattvåg

Los dos días siguientes a la excursión por Åndalsnes transcurrieron con normalidad y poco hubo que hacer, salvo Isa, que trabajaba en el centro. Al terminar su jornada laboral el primer día, fuimos por la tarde a un pequeño pueblo llamado Alsnes, donde se erige, en una de las playas más bonitas que hay, Alsnes Fyr (el faro de Alsnes). Mientras paseábamos por la playa de arena, disfrutamos de un rojizo y precioso atardecer hasta que el sol se ocultó en el horizonte tras las nubes.

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Fue cuando entró la noche, algo despejada salvo por algunas nubes grises, cuando fuimos testigos de uno de los fenómenos meteorológicos más increíbles que el ser humano puede presenciar: Auroras Boreales. Dos noches seguidas asistiendo a verdaderas tormentas solares de color verdoso por el cielo de la zona mientras observábamos boquiabiertos el espectáculo. Solo puedo constatar que, si durante la primera noche, en medio del bosque, en plena oscuridad, pudimos fotografiar unas increíbles auroras boreales, al día siguiente, junto al fiordo y el faro que iluminaba una zona completamente entre tinieblas, fue indescriptible. Podéis ver ambas fotografías, que corresponden a los dos días, espero que sean de vuestro agrado.

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Aurora Boreal de la primera noche, en el bosque

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Aurora Boreal de la segunda noche junto al faro

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¡Qué duro es pasarse la noche al raso, observando auroras!

De Brattvåg a Molde

El último día de septiembre, tras recoger a Isa del trabajo, nos pusimos en marcha dirección a Molde, una ciudad costera fundada en el siglo XV, ubicada en Møre og Romsdal, que cuenta con mas de veintiséis mil habitantes y no solo es conocida como la Ciudad de las Rosas debido a los numerosos jardines de rosas que posee, sino también por organizar el Moldejazz, el festival de jazz de verano, razón por la cual uno puede encontrar la estatua del Jazzguten (El Chico del Jazz), muy conocida en el lugar.

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Nuestra primera parada al llegar a esta ciudad fue visitar Varden, un mirador situado a más de cuatrocientos metros por encima del nivel del mar, en la cara oeste de la montaña donde se puede disfrutar de las vistas de la ciudad junto a la orilla norte del fiordo de Romsdal.

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Tras fotografiar el lugar y mientras dábamos un pequeño respiro al coche, que había vuelto a calentarse (y que volvería a hacerlo una y otra vez durante todo el viaje relatado en este post), nos dirigimos al camping y decidimos visitar la ciudad, caminando por sus calles, hasta bien entrada la noche.

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De Molde a Kristiansund

Cuando los primeros rayos de sol entraron por la ventana de la minúscula pero bien acomodada cabaña del camping, desayunamos convenientemente y nos dispusimos a reanudar el trayecto, conduciendo por la carretera dirección a Kristiansund pero con la intención de detenernos primero en Bud, donde aún resiste estoicamente Ergan Kysfort, el emplazamiento fortificado construido por el ejercito alemán en 1940, durante la Segunda Guerra Mundial. Junto al museo de historia, numerosos bunkers, trincheras subterráneas y piezas de artillería de gran calibre, resisten al poder de la corrosión y el tiempo, siendo una de las atracciones predilectas para los turistas. Por supuesto, no pudimos resistirnos y tomamos algunas fotografías, haciendo honra al postureo para la posteridad.

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Proseguimos nuestro trayecto para conducir a través de una de las mayores obras de ingeniería realizadas por los noruegos: Altanterhavsveien (La Carretera del Atlántico). una vía de ocho kilómetros que une, mediante ocho puentes de diferente forma y distancia, los islotes que conforman el archipiélago de Hudstavika, entre Molde y Kristiansund. De entre esos puentes, destaca el Storseisundet, por su forma curvilínea, alzándose a veintitrés metros de altura por encima del nivel del océano.

Aunque de las fotografías a continuación, uno pueda notar que se trata de un lugar idílico y tranquilo, esta carretera figura en la lista de las carreteras más peligrosas del mundo y no es de extrañar: Desde los albores de su construcción, en 1983, ésta estuvo marcada por su constante lucha contra los elementos, ya que durante los seis años que duraron las obras, tuvieron que mediar con hasta doce tormentas huracanadas. A pesar de la publicidad, cruzamos la vía con el océano completamente calmado aunque debe de ser impresionante conducir con olas de dos metros alzándose a un lado y otro de la carretera; lo cierto es que, lejos de ser una carretera que se cobra victimas y daños materiales cada año, es la segunda atracción turística más visitada en este país y, aparte de poder desplazarse en vehículo, cuenta también con ruta de senderismo para aquellos ávidos por recorrerla a pie.

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Después de recorrer los ocho kilómetros de carretera, haber pasado por el Atlanterhavstunnel (El Tunel del Atlántico) y algunas horas más frente al volante, llegamos a Kristiansund, a tiempo para dejar nuestros bártulos en una pensión y deambular por aquellos lares.

Subimos a lo alto del Varden, una antigua torre de vigilancia construida en 1801, durante las guerras napoleónicas, ubicada a setenta y ocho metros por encima del nivel del mar,  desde donde se puede ver en 360 grados, toda la zona, incluyendo las islas de GripSmølaTustnaFreiReinsfjellet y Averøy.

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Kristiansund posee lugares realmente bonitos e interesantes, como el inmenso jardín dentro de la ciudad, dotado de innumerables senderos que recorren diversas zonas, como el gran cementerio o múltiples miradores, todo ello rodeado de naturaleza y flora diversa. En el muelle se encuentra el Klippfiskkjerringa, un par de estatuas de bronce que conmemoran a los trabajadores que laboraban cortando pescado desde hace trescientos años en la ciudad; una en forma de mujer sosteniendo en sus manos un bacalao seco, junto a otra en forma de niño portando arenques que recuerdan a todos aquellos que deambulan por el muelle, aquel estilo de vida y profesión que permanece aún hoy día.

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La mujer del bacalao seco

 

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Isa y el niño de los arenques

Después de cenar copiosamente, dimos por terminada la visita a Kristiansund y regresamos a la pensión para poder dormir un poco y proseguir al día siguiente, hacia una ciudad que recuerdo con profunda nostalgia y produce en mí inmensa alegría visitar: Trondheim.

 

De Kristiansund a Trondheim

¡Cuánta nostalgia y buenos recuerdos despiertan al visitar Trondheim! ¡Qué grandes momentos viví junto con mis compañeros de aventura noruega que, como yo, decidieron aventurarse por el país escandinavo y en más de una ocasión, recorrimos las calles de esta ciudad! ¡El tiempo pasa volando pero Trondheim se mantiene igual!

Esta vez, en compañía de Isa, visitamos la Catedral de Nidaros y la Abadía del Arzobispo, el viejo puente de madera, el muelle, el centro de Trondheim, paseando también por las antiguas casas de madera del bario de Bakklandet Old Town, El Rockheim, hasta finalmente ir a cenar un estupendo bacalao salvaje de las Lofoten en el Egon que está en lo más alto del Tyholttarnet, la torre de comunicaciones de Trondheim: es un restaurante giratorio, por lo que pudimos disfrutar de la velada mientras éste giraba lentamente y observábamos toda la ciudad en una fabulosa vista de trescientos sesenta grados mientras la tarde daba paso a la estrellada noche.

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Aunque nuestra intención era poder ver más cosas de esta ciudad y luego, aprovechar que estábamos muy cerca para visitar Steinkjer, la ciudad donde empezó todo para mi, decidimos proseguir nuestro viaje hacía el sur, dirección Røros, debido a los continuos problemas con el motor del coche y a tiempo de no arriesgarnos a que éste nos dejara tirados en medio de la aventura. Pero no os preocupéis, amigos, que mas adelante, llevaré a Isa a que conozca esta pequeña pero entrañable ciudad.

 

De Trondheim a Røros

A medida que la gran ciudad se iba alejando a través del retrovisor del Opel Astra y el paisaje iba cambiando paulatinamente, yendo desde la pequeña selva de asfalto y edificios, a campos de cultivo y tierra yerma, montañas y bastos lagos, la carretera E6 no dejaba de sorprendernos: Hermosas cascadas como la de Storfossen, en Hommelvik, o rebaños de renos pastando tranquilamente mientras observaban cómo, desde la carretera, los fotografiábamos sin cesar.

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Finalmente, llegamos a Røros, un pequeño pueblo minero de no más de cinco-mil cuatrocientos habitantes, perteneciente a Sør-Trøndelag, que fue establecido como municipio en 1838 aunque su nombre fue atribuido a la granja Røros en 1530, alrededor de la cual fue creciendo la ciudad. En realidad, el nombre de Røros significa “Desembocadura del Røa”, el río que pasa por ésta, hasta finalmente desembocar en el Glomma. Aunque fue completamente reconstruida tras el ataque de las tropas suecas en 1679, aún conserva su aspecto de ciudad medieval y por ello fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1980, por lo que se trata de un lugar frecuentemente visitado por turistas.

Esta pequeña urbanización es conocida por dos motivos: 1) Sus minas de cobre que llevan explotándose desde el siglo XVII. Dondequiera que uno observe, verá portentosas montañas de grava negra que atestiguan dicha actividad. Y 2), Røros posee el récord de registro de temperatura más baja en este país y aún sin superar, establecido en 1914, nada más ni nada menos que con…. ¡50,4 GRADOS CENTÍGRADOS BAJO CERO!

En el momento que aparcamos el coche junto a la iglesia del pueblo y deambulamos por sus calles, nos dimos cuenta de que el tiempo apenas parecía haber transcurrido en esta localidad, pues la estructura de sus calles y las edificaciones -todas ellas de madera- hacían que creyéramos que seguíamos viviendo en una época muy muy muy remota. Disfrutamos de cada uno de los lugares, de sus excursiones por las montañas de grava colindantes a las minas, empapándonos de su historia y ambiente.

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Aunque era algo más tarde de las dos pero el sol ya iniciaba su descenso y debíamos llegar al siguiente destino, fuimos a comer a Peder Hiort Mathus, un tranquilo y agradable restaurante rústico, ambientado en las casas de antaño,  donde nos sirvieron una pizza napolitana con carne de reno de Røros sencillamente espectacular.

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De Røros a Dombås

El tiempo apremiaba y tras comer, nos pusimos en marcha hacia Dombås (No, amigos, no se pronuncia Dombas, más bien sería “Dumbos”), conduciendo entre lluvia y oscuridad hasta llegar al camping donde nos aguardaba una cabaña cuya definición de “rústico” iba acompañada precisamente con la fotografía de aquel habitáculo…. la verdad es que nos encantó aquella cabaña, sin olvidar que estábamos completamente solos entre tinieblas, haciendo una barbacoa con “engansgrill” a las puertas de ésta, iluminados solo con el frontal, disfrutando la velada con un buen vino y apreciando aquellas pequeñas cosas que sazonan nuestras vidas.

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Al día siguiente, proseguimos nuestro viaje de regreso a Brattvåg, no sin antes detenernos para visitar en Verna, el Kyillingbrua, un mirador espectacular hacia el puente por donde pasa el tren de Raumabanen, entre Dombås y Åndalsnes, Kviknekirke -la iglesia de Kvikne- y la cascada de Slettafossen.

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Visitando Ålesund

En el último día, a falta de unas horas para que pusiéramos rumbo al aeropuerto para regresar a Elverum, viajamos temprano a esta importante ciudad pesquera al noroeste de Bergen, de cuarenta y seis-mil habitantes, que recibió el estatus de ciudad en 1848. Como muchas otras localidades de Noruega, ésta fue reconstruida por completo tras el incendio de 1904, que arrasó la ciudad y en el que más de diez mil personas se quedaron sin casa en pleno y crudo invierno, por lo que dicha reconstrucción -entre 1904 y 1907-, de piedra y ladrillo, fue marcada por el Art Nouveau, el estilo arquitectónico de la época.

Anduvimos largo y tendido, visitando el Moloveien -una de las calles principales de la ciudad-, los muelles donde se encuentra un mural con fotografías que conmemoran aquellos tiempos en el Gran Incendio de Ålesund, las calles colindantes al Alesundet -el canal marítimo que cruza la ciudad, delimitado por casas de llamativo color amarillo-, el pequeño túnel que se ubica dentro de la ciudad, dotado de puertas de gran grosor que sellan herméticamente su interior en caso de inundación, donde uno puede apreciar una diversa y completa colección de fotografías de finales del siglo XIX y principios del XX de la Ålesund de la época y finalmente, visitar el Fjellstua, un impresionante mirador situado en el monte Aksla, a trescientos treinta y dos metros por encima del nivel del mar, donde uno puede presenciar una fabulosa vista de todo el archipiélago. Aunque nosotros accedimos a éste en coche, cuatrocientos dieciocho escalones que van desde la plaza de la ciudad hasta el mirador facilitan la labor de subir hasta lo alto (¡si se esta en forma, claro! ;-))

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Finalmente, Isa y yo nos pusimos en marcha dirección al aeropuerto desde donde yo regresaría a mi ciudad de residencia y ella, a España donde la esperaban sus padres. Dábamos por finalizado el viaje y como no, dimos sentido a la palabra Wanderlust, que tanto nos gusta.

Aparte de poder disfrutar de las fotografías del viaje y un poco del relato de este post (confiando en que la lectura no haya sido demasiado densa), he editado un vídeo en Time-Laps del recorrido del viaje, esperando que sea de vuestro agrado. Hasta otra, amigos de Taza de Pizarra.

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