La última noche

Publicado: 23 octubre, 2013 en Noruega 2.0
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Son las doce y media de la noche. Estoy en mi terraza, aprovechando que en Barcelona, aunque estamos ya cerca de terminar Octubre, aún hace el suficiente calor como para estar sentado un buen rato sobre la silla de plástico, a gusto al exterior. Mientras leo un libro para tratar de conseguir que el sueño me invada, miro el cielo enrojecido por las nubes que vaticinan tormenta nocturna y pienso: Mi última noche. Mañana, vuelvo al país que me ha acogido para trabajar en aquello para lo que fui formado y el cual, amo con pasión. Mañana, a eso de las ocho y media, mi avión saldrá desde Barcelona (hasta luego, mi querida ciudad condal) y  surcará los cielos hasta llegar a Noruega. Mi destino, Ås (como es una vocal extraña en la lenguas que provienen del latín, debo decir que se pronuncia «Os», la Å suena a una O).

Sé que he tardado algún tiempo en escribir aquí, pero al finalizar el trabajo en Steinkjer y de vuelta a España para vacaciones de verano, he realizado mis quehaceres típicos de una época estival: ir a la playa e ir a Águilas, un pueblo costero de Murcia donde siempre veraneo (o en tal caso, pretendo veranear, siempre que se pueda). Me he podido despedir de todos mis amigos, conocidos y familia (unas cuantas veces, huelga decir) que tengo. También debo decir que he lamentado estar en las horas más bajas de mi abuela paterna hasta acompañarla en su última morada (Si puedes leer esto, Yaya, solo decirte que te echamos de menos, por favor, saluda a los abuelos cuando los veas, un beso muy fuerte al Avi Ramón y al Avi Juan).

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Finalmente, llegó el día 15 de agosto, el día de ayer. Mi último día como enfermero en el hogar de ancianos del pueblo de Kvam. Llegué hace más de tres meses a Noruega y más de uno al pueblecito donde he estado trabajando durante este tiempo, buscando un futuro que en mi tierra no se nos (a mis compañeros y a mi) a permitido tener. Noruega, un país que nos ha acogido con los brazos abiertos y que sus habitantes comparten, junto con nosotros, esa noble inquietud de cuidar a las personas.

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No es un post que me hubiera gustado escribir, sobretodo después de tanto tiempo sin escribir. Francamente, no tengo mucho que contar, ya que los días trascurren con bastante monotonía: solo es trabajo e ir a hacer ejercicio alrededor de un campo de fútbol y de vez en cuando, salir a tomar algo con los compañeros. Pero hoy, debo escribir un post importante y merece todo el respeto que un servidor debe darle.

Mientras estaba cenando ayer, llegó hasta aquí la noticia de un accidente ferroviario brutal en Santiago de Compostela. Al principio, había un sinfín de información al respecto y poco esclarecedor a mi entender. Pero hoy, después de leer la prensa y leer que un tren que debía circular a 80 kilómetros por hora en una curva, circulaba a 190, motivando que el tren descarrilara de la forma más violenta. Balance actual del siniestro: 79 muertos y muchísimos heridos. Si una palabra puede definir todo esto, la palabra es: «Triste».

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Viviendo en Kvam

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Bueno, aunque ya llevo viviendo en Kvam desde hace ya una semana, la pésima conexión que dispongo me ha hecho imposible escribir anteriormente un post, así que hoy os contaré con todo detalle (en la medida de lo posible después de una semana).

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La cocina. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

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La cocina. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

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El salón. Podéis comprobar que muy lleno no está. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

Después de ese breve traslado, me instalé en el apartamento colindante al hogar de ancianos. Un apartamento que si bien puedo decir que dispone de cuanto necesito, no puedo decir que no disponga de muchos lujos en él: si he de escoger la palabra que definiría a mi apartamento, esa palabra es «AUSTERO». Se trata de un ámplio salon con una modesta aunque completa cocina americana, un dormitorio que posee dos amplios armarios , un baño completo y un cuarto que se utiliza actualmente como trastero. Afortunadamente, he podido decorar mi nido con un elemento que me recuerda de donde soy y cual es mi tierra. También debo decir que estoy en un pueblo de muy pocos habitantes (entre los enfermeros del hogar y yo bromeamos diciendo que hay más población en el cementerio de delante del centro que gente viva residiendo en este pueblo).

Kvam es atravesado por la carretera principal y al otro lado de esta, se encuentra la iglesia con su particular aunque hermoso cementerio, un campo de fútbol anexado a la escuela de Kvam y u amplio supermercado donde poder comprar toda serie de productos de limpieza, comida y correo (en Noruega, o por lo menos en esta región, los paquetes los debes recoger en los supermercados). Y más allá, se encuentra el lago, un lugar hermoso y tranquilo donde uno, con una simple barca puede ir a pescar o simplemente, deleitar los sentidos con la tranquilidad que aquel paraje ofrece.

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El dormitorio. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

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Habiéndome levantado muy temprano, a eso de las 6 de la mañana, he decidido que hoy, aprovechando que es mi último día de fiesta y mañana empiezo por fin a trabajar, haría una pequeña excursión a Kvam. Mi intención era, no solo dirigirme al Kvam Eldresenter y preguntar por el estado del amueblado de mi apartamento, sino también explorar el lugar que rodea aquel reducido espacio de la comuna de Steinkjer.

Mientras cavilaba con los quehaceres del día, Carlos se ha presentado en casa, después de tener una jornada nocturna de trabajo más bien tranquila aunque no descansada. Me cuenta por encima lo hecho durante toda la noche y aunque interesado, no he querido demorarlo a que fuera a dormir por que cabía la posibilidad que lo llamaran hoy para trabajar por la tarde, debido a la ausencia de algunos compañeros de trabajo por enfermedad.

Así que, después de desearle las «buenas noches» a Carlos, he desayunado, me he duchado y vestido, disponiéndome rápido a ponerme en marcha. Al salir de casa, los rayos de sol vaticinaban que hoy iba a ser un buen día y mientras me dirigía con paso tranquilo hacia el Nissan Primera, he comprobado en el móvil que la temperatura llegaba a las 24 grados, por lo que disfrutaría de una mañana más que resplandeciente. Sentado ya en el asiento de conductor y mediante un giro de llave de contacto, La Bestia ha rugido como siempre y con marcha corta, me he puesto en marcha hacia Kvam. La radio empezaba a sonar y se oían los anuncios que, aunque en noruego, ya los empiezo a comprender por la monotonía de haberlos escuchado ya un millar de veces y mientras el paisaje bucólico y verdoso rodeaba la carretera  y yo me acercaba más y más a mi primer destino, la NPK 4 ha empezado a emitir Paradise City, de Guns ‘n’ Roses y me hacía reflexionar que, efectivamente, estaba en un paraíso verde y vasto. Take me down to the paradise city, where the grass is green and the girls are pretty. Take me home, cantaba a viva voz mientras el rugido del coche me pedía que subiera una marcha más.

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Hoy, 23 de junio, cumple años una persona muy importante para mí. Es la persona que veo reflejada en el espejo cada vez que me miro en él, cada vez más a cada año que pasa. Mi referente a seguir. Esa persona que durante años  me ha enseñado a caminar por la vida,  ilustrándome con sus consejos (o reflexiones en voz alta, según él, ya que no le gusta dar consejos) y sabiduría que solo la edad y la experiencia puede otorgar. Hoy cumple 60 primaveras mi padre, Juan.

Es un día duro, difícil, cargado de sensaciones y sentimientos, pues sigo feliz en mi nueva tierra, pero el no poder estar en Barcelona con los míos, celebrando este día tan especial, riéndome con mi padre (y quizás instigándolo a que sople 60 velas y comprobar si aún conserva fuelle suficiente para apagarlas todas), con mi madre, mi hermano, mis dos abuelas y con mis tíos, me produce un sentimiento de nostalgia que solo sería apaciguada si pudiera coger un vuelo rápido a Barcelona y volver a Steinkjer ese mismo día. Además, hay celebración doble, puesto que mi padre y mi hermano son Juanes y mañana es su santo también, así que, ¡muchas felicidades a los dos!

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Después de levantarnos tras una velada fiestera repleta de jolgorio en el Onkel Oskar (como no) para celebrar el cumpleaños de Carlos (31 primaveras, Gratulerer med da’n!!), que tuvo lugar el día 11, hemos decidido que hoy era un día idóneo para organizar una barbacoa todos juntos. Nos hemos vestido y hemos ido a comprar avituallamiento: paquetes de salchichas, bolsas de pan para perritos calientes, patatas, queso y agua para 10 personas. Como eramos bastantes para desplazarnos hacia la iglesia de Egge, cuyo lugar estaba especialmente adecuado para hacer el picnic campestre de hoy, Carlos ha realizado un par de viajes con La Bestia para llevarnos a todos. También han venido Mar y Sergio desde su apartamento en coche para no perderse la comida de hoy.

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La familia, enfermer@s y matronas, disfrutando de una buena barbacoa. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

El tiempo no podía ser mejor: sol de justicia con unas pocas nubes grisáceas por los alrededores, cocacolas, patatas, salchichas de frankfurt por doquier y como no, el placer de la buena y sana compañía. Para realizar la barbacoa hemos contado con la inestimable ayuda de dos engangsgrill, un dispositivo portátil que consta de carbón vegetal en un recipiente de papel de aluminio y una rejilla donde colocar la comida a cocinar. Tan solo se requiere un encendedor para prender las brasas. Como podéis ver, coser y cantar.

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Los engansgrills haciendo su trabajo. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

Pues bien, en el momento que hemos encendido la barbacoa portátil, la Ley de Murphy no podía olvidarnos ni tan solo un domingo en Noruega y ha empezado a llover. Primero ligeramente, luego unos tremendos gotarrones que nos han obligado a retirar nuestros bártulos y cobijarnos en el porche del antiguo edificio contiguo a la iglesia, donde habían almacenadas otras sillas y mesas que seguramente servirán para organizar grandes banquetes al aire libre con vistas al fiordo.

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Como ayer funcionaba la conexión bastante mal, me he visto obligado a esperar hasta hoy para narrar con todo lujo de detalle lo que aconteció ayer. Lo que ocurrió en el hogar de Kvam para ancianos es de aquellas cosas que hacen que a cada minuto que pasa, te das cuenta que si pudieras volver a tener la oportunidad de escoger tu camino, elegirías de nuevo esa opción sin dudarlo. Pero dejadme que empiece por el principio.

El día empezó como empiezan todos los días aquí: a las 6 de la mañana, con el despertador emitiendo el monótono sonido. Desde la cama podía ver, a través de la oscura cortina del dormitorio, que la luz entraba tímidamente por la ventana y anunciaba que hoy iba a ser un día especialmente caluroso. Me levanté cansado, muy cansado mentalmente. Y es que la inmersión lingüística te dota de un desgaste mental brutal, añadiendo también, que me faltan horas de sueño y mi cuerpo me avisa cada día que debo hacerle caso y dormir un rato más. Hice caso omiso a mi cuerpo y me incorporé, me preparé el desayuno y el matpakke (lo que en la tierra conocemos como la fiambrera de toda la vida), me aseé, vestí para las prácticas de idioma y salí de casa, comprobando previamente que disponía conmigo de todo lo necesario para pasar el día en el Kvam Eldresenter: La bolsa con el desayuno, el calzado para las prácticas y la carpeta que contiene los documentos que debo entregar a Randy, la coordinadora del centro, para que los firme.

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Al fin es viernes! esa es la traducción del encabezado. Y es que después de una semana de prácticas larga, hoy es día de explayarse y salir un poco por Steinkjer. No es que hayan pasado muchas cosas desde el último post, pero algo hay por contar:

Ayer, volviendo para Stod después de las prácticas, a escasos kilómetros de la casa, la rueda delantera de La Bestia sufrió un reventón, así que, cuando llegué por fin al dulce hogar, comprobé que efectivamente, el neumático había sufrido un percance, así que tuve que reemplazarlo por la rueda de repuesto. Observé que al sacar el neumático del maletero no había ni rastro del gato, por lo que tuve que ir la vecina a pedirle el dichoso armatoste. Y menudo armatoste me dejo: un gato hidráulico de gran tamaño (se nota que estos noruegos deben de cambiar las ruedas de verano y las ruedas de invierno). Problema solucionado. Bruno 1 – Rueda de recambio 0.

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3 de junio. Hoy hace un mes que estoy viviendo en Steinkjer. Ayer, mientras tomaba una infusión de té verde con canela en la calle, sentado en una silla y al lado de una mesa que está próxima a mi apartamento (cortesía de nuestros anfitriones), he tomado esta foto con el móvil. Mientras daba pequeños sorbos a la infusión aun caliente y la canela llegaba a mis papilas gustativas, observaba la tranquila calle de Kongens Gata y la tranquilidad del domingo era palpable. Veía pasar coches de diversas gamas pero sobretodo, coches antiguos, muy antiguos, en perfecto estado. Y es que en Noruega parece que las cosas están hechas para que perduren en el tiempo: Para mi es impensable que en Barcelona, un coche antiguo descanse en la calle a merced de las inclemencias meteorológicas pero sobretodo a merced de algún individuo (aún por civilizar) que raye la pintura o simplemente decida que debe dejar su marca personal impresa en esa obra de arte. Aquí, los noruegos hacen gala de tal educación y buenas maneras que uno puede dejar su coche aparcado tranquilamente y sin ningún tipo de temor a que nadie lo raye, estropee, orine o vomite. Por no decir que llevo un mes aquí y no he oído ni una sola bocina del coche.

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