Casualidades en Vestlandet

Publicado: 22 junio, 2017 en Noruega 4.0
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Casualidad
nombre femenino
  1. Causa o fuerza a la que supuestamente se deben los hechos y circunstancias imprevistos, especialmente la coincidencia de dos sucesos.
    “la casualidad quiso que me reencontrara con ella en una cafetería de París; por casualidad entró en una escuela de arte dramático, aunque no quería ser actriz; ¿es usted por casualidad mecánico?”
  2. Suceso casual.
    “un portavoz del sindicato calificó el incidente como una auténtica casualidad, totalmente fortuita; ¡qué casualidad, mi hijo también nació el 13 de abril!”

 

Y esta, amigos, míos, es la definición común de la palabra “casualidad”, término con el que abro hoy el post. Probablemente más de uno iniciará la lectura, extrañado, pensando en qué peculiar sustancia habrá consumido este barcelonés que en sus ratos de ocio escribe esta página: No os faltará razón, a veces se me va la cabeza muchísimo, es lo que tiene vivir durante cuatro años en un país cuyos inviernos son largos y oscuros, aunque bien es cierto que estamos a las puertas del verano y la oscuridad precisamente no está haciendo gala de presencia en estos momentos, así que, no es el caso, podéis estar tranquilos; pospondré mis ratos de locura transitoria para futuros y jugosos posts.

La razón por la cual inicio con “La Casualidad” es para usarlo como hilo conductor al siguiente relato, mi viaje a Vestlandet, o traducido a nuestra lengua, “la Tierra del Oeste” una de las partes más bonitas y espectaculares de este país nórdico. Inicio el post con el rugido del motor a gasolina del flamante Volkswagen Up de alquiler que avanzaba lentamente por las serpenteantes y angostas carreteras de noruega con dirección a Vågsøy, una isla de ciento setenta y seis kilómetros cuadrados y más de seis mil habitantes, con la intención de pasar unos días con Isa (si, esa chica de Ávila con quien viajé a Ámsterdam hace unos meses, junto con su hermano y mi amigo Carlos) y de paso poder visitar su lugar de residencia, Måløy, una pequeña ciudad que a pesar de su extensión y población, se considera la más importante de la isla.

Mi intención era recorrer los cuatrocientos setenta y cinco kilómetros que separan Elverum de mi destino, sin prisa pero sin pausa, parando de vez en cuando para descansar, pero debo reconocer que el trayecto (Elverum – Lillehamer – Otta – Bismo – Grotli – Hjelle – Stryn – Nordfjordeid – Stårheim – Måløy) fue tan bonito y estimulante que solo detuve el coche para estirar las piernas un par de veces y por ello, un viaje más duradero según el GPS, se hizo en unas escasas seis horas; aún cierro los ojos y recuerdo las increíbles montañas de Grotli y Hjelle, cubiertas por la nieve y rodeando la carretera de forma imponente, imagen de postal más parecida a cualquier paisaje de Hivernalia.mapa

A fin de mostraros un poco del viaje de ida, aquí tenéis el vídeo del recorrido en Time-Lapse que grabé con GoPro a fin de que podáis ver seis horas de viaje comprimidas en unos pocos minutos (un tanto vertiginosos y mareantes, eso si). Espero que lo disfrutéis.

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Seis horas más tarde, tras pasar el puente de Måløy, una maravilla arquitectónica de mil doscientos metros de largo que conecta la isla con el resto del país, fui a recoger a la abulense en el Kulatoppen Omsorgsenter, su lugar de trabajo, recibiéndome con una calurosa y la más mayúscula de las sonrisas. Como estábamos algo agotados (ella de la jornada laboral y yo de las seis horas en coche), decidimos descansar y charlar tranquilamente en su “cómodo” sofá mientras las horas pasaban y surgía tertulia de lo más amena e interesante. Procuraba averiguar que tenía reservado para mí y siempre me respondía con una picara sonrisa y un “ya lo verás, pero mañana no será“: Lo cierto es que Isa al día siguiente tenía turno de mañana en su centro así que, decidí que mientras ella levantaba el país yo lo visitaría un poco a pequeña escala.

Al día siguiente, tras comprobar que Isa ya se había ido a trabajar, me levanté de un salto de la cama y tras asearme, desayunar y vestirme, me dispuse a vagar un poco por los lares de Måløy: Se trata de una pequeña urbe, perteneciente tanto al condado de Sogn og Fjordane como a Vågsøy Kommune, que adquirió el estatus de ciudad en 1997, donde residen más de tres-mil habitantes y conserva aún la estructura de pueblo (una calle principal de donde convergen otras calles menores) aunque ha ido creciendo, ganando terreno a las montañas colindantes y sus calles fueron bautizadas con curiosos aunque poco originales nombres tales como “Calle 1, Calle 2, Calle 3″… y así sucesivamente.

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Armado con la cámara y el trípode, recorrí dichas calles con la intención de hallar lugares bonitos que visitar y recrearme con la réflex cual francotirador en Stalingrado, por lo que decidí subir hasta las partes más altas donde pude gozar de panorámicas impresionantes a través de las serpeteantes Calle uno hasta la número seis, tales como estas:

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Måløybrua. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

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Vista panorámica de Måløy. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

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Calle principal de Måløy. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

Entre ráfagas de cámara y paseos por los senderos gravosos y callejuelas, el tiempo fue pasando raudo hasta que llegó la hora de recoger a Isa al trabajo para luego ir a comer y tras una siesta, decidir que haríamos por la tarde. A decir verdad, la abulense ya tenía muy claro que quería sorprenderme y no quiso que yo tomara parte en la toma de decisiones en el planteo de mi viaje.

A veces normalmente soy de los que piensan que hay que dejarse llevar ;-).

Pues bien, el inicio de su sorpresa iniciaría al día siguiente, lluvioso y encapotado como la mayoría de días en esta región, con nuestros bártulos (tienda de campaña incluida) en el maletero del coche y mientras ella conducía rumbo a “alguna-parte-ya-verás-no-seas-pesado”, yo tomaba fotografías, controlaba la música de la lista de viaje del Spotify y disfrutaba del hermoso paisaje de toda la zona. Isa sonriente, conducía por la carretera que cruza Stryn y Olden para acceder al Parque Nacional de Jostedalsbreen, hasta llegar a nuestra primera parada, el Briksdalsbreen (Glaciar de Briksdal), uno de los glaciares más espectaculares y conocidos, no solo por ser uno de los que conforman el Jostedalsbreen, sino en si, de toda Noruega.

Nos pusimos en marcha y nos dirigimos por el camino de inicio, cruzándonos con la tienda de recuerdos y allí saludamos a un chico y una chica naturales de España pero residentes (como nosotros) en Noruega por motivos laborales; aparte de comprar algún que otro recuerdo, hablamos con ellos, concretamente con el chico, que nos recomendó un camino que nadie parecía conocer por el cual se accede a una parte donde hay menos afluencia de gente y se aprecia mejor el glaciar.

Sin más tiempo que perder, nos pusimos en marcha a través del sendero salpicado por arboles y el silencio, solo interrumpido por el gentío, los motores de los “Troll-Car“, el goteo constante de la lluvia y el atronador sonido del agua descender furiosamente por el Kleivafossen, cascada por la cual se han llegado a contabilizar ni mas ni menos que…. ¡diez mil litros de agua…. en un segundo!. Finalmente, tras pasar por un puente de madera escondido a los ojos de los turistas, llegamos a nuestro destino: el Glaciar de Briksdal. Francamente espectacular.

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A los pies del Briksadlsbreen. Foto: Isabel Olmedo Perdiguero

Tras tomarnos la mejor cerveza del mundo (y no porque ese fuera el mejor zumo de lúpulo y cebada que yo haya probado, simplemente, la situación y la compañía era lo que la hacía la mejor cerveza que uno podía tomarse) y comer un poco a las faldas del portentoso glaciar, volvimos por el mismo sendero por donde habíamos venido hasta llegar al aparcamiento y nos pusimos en marcha con el coche para así proseguir con la excursión, rumbo a Oldeladen y allí fue cuando y donde Isa, con su mayor y mejor sonrisa me sorprendió por segunda vez: tras recorrer una decena de kilómetros, detuvo el coche en Oldevatn Camping, donde nos alojamos en una hytta (cabaña) a unos pocos metros del lago de Floen, un majestuoso lago de aguas turquesas y cristalinas, rodeado por gigantescas montañas verdes y terrenos de pasto.

Dejamos nuestros atavíos y bártulos en el interior de la cabaña y cogimos lo necesario para realizar una estupenda barbacoa mediante engangsgrill al lado del lago y dejar que la oscuridad (relativa, considerando que no oscurece hasta muy tarde y no llega ser una oscuridad absoluta) se cerniera sobre nosotros entre sonrisas, buena conversación, interesante lectura y un buen vino: Pequeñas, bonitas y mayores casualidades que vive uno.

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Al día siguiente, nos despertamos algo tarde, lo justo para recoger y abandonar el alojamiento antes del mediodía y en lugar de conducir y abandonar el camping ipso-facto, dejamos las mochilas en el maletero, desayunamos en el mismo lugar donde la BBQ el día anterior y nos dispusimos a usar las canoas indias que tenia el camping a buen recaudo para sus campistas, remando lago adentro mientras la naturaleza, el silencio y nuestras voces al charlar nos acompañaran con cada golpe de remo.

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¡Qué sensación de libertad y absoluta serenidad la que te otorga la Madre Naturaleza!

Tras unas horas remando y disfrutando de aquel lugar, decidimos dar por finalizada nuestra aventura sobre el agua y después de “arriar velas”, proseguimos nuestro viaje rumbo a Geiranger, aunque haciendo una parada técnica en Lodalen ya que empezó a diluviar y era algo peligroso recorrer en coche la angostísima carretera (por estrecha debo destacar que el carril es de doble sentido salvo por ciertos tramos en que uno debe esperar a que el coche que avanza en dirección contraria haya pasado). Mientras llovía violentamente nos cobijamos en una estructura donde comimos ligeramente y nos deleitamos con las vistas del Lovatnet, el lago que bañaba aquel lugar.

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Proseguimos nuestro trayecto, recorriendo la carretera de Grotli y Hjelle, esta vez siguiendo por la estrecha carretera que accedía al Trollstigen (la Escalera del Troll), pero debido a la densa niebla que se cernía sobre nosotros, decidimos pasar de largo y dirigirnos directamente a Geiranger, donde se ubica uno de los fiordos más espectaculares que posee Noruega y no es para menos:

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Mil y una fotografías después, recuerdos para la posteridad y oda a la máxima expresión del postureo, seguimos un poco más adelante hasta el centro del pueblo para tomar un café y descansar un breve tiempo con la intención, algo más tarde, de dirigirnos a Innvik, una pequeña aldea de Stryn donde vive Azahara, enfermera empleada de Accurate Care y compañera de promoción de aventura noruega de Isa.

Después de una hora de conducción a través de la niebla y el verde paisaje, llegamos a la aldea donde nos recibió, a las puertas de su casa junto al centro donde trabaja, Aza con un efusivo abrazo y conocimos a su compañero de alojamiento, un madrileño llamado Andrés, otro enfermero que decidió abandonar su hogar para trabajar en Noruega con Accurate Care, solo que, al igual que yo, tras un periodo con ellos decidió prescindir de la empresa reclutadora y buscarse la vida por su cuenta.

 

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Aza y Andrés, cenando en el porche. Foto: Isabel Olmedo Perdiguero

Entre brasas de barbacoa portátil con carne marinada, pollo y mazorcas de maíz acompañadas con cerveza, chupitos de hidromiel y más de un Puerto de Indias a la postre, los cuatro tuvimos una velada que parecía no terminarse jamás (ni tampoco queríamos) y de pronto, de la forma más inverosímil y a la vez genial, pasamos de permanecer sentados en el porche de la casa, entre brebajes y opulenta comida, manteniendo conversaciones que iban desde asuntos de lo más trascendentales hasta de lo mas banal, a recoger la mesa, calzarnos las botas y preparar nuestros bártulos (incluida la tienda de campaña) para recorrer a las cuatro de la mañana, el Utsikten.

Esta excursión de nombre difícil de pronunciar para aquel que no está acostumbrado al noruego, se trata de un trayecto de escasos seiscientos metros en forma de escalinata de notable pendiente a través de un más que frondoso bosque, desde su inicio (en el interior del Camping Viking de Innvik) hasta su final, donde desde su meta puede contemplar se una esplendida vista del Innvikfjorden (Fiordo de Innvik). Considerando que los cuatro estábamos ya cansados y algo embriagados -sin obviar que Andrés debía trabajar a las siete de la mañana ese mismo día y quedaban escasas tres horas para presentarse a su puesto, sin haber dormido-, fue la idea más descabellada y al mismo tiempo original que hacía tiempo nadie tomaba y yo participaba. Pero como Jack Sparrow alguna vez ha asegurado:

“¡Es asombroso cuán a menudo pueden llegar a coincidir los conceptos locura y genialidad!”

Fue agotador y duro, lo confieso: fue tan duro que Andrés propuso a medio trayecto llevar mi mochila (que pesaba un poquillo) y así proseguir el camino un poco más desairado (según el, así entrenaba con mayor eficacia). El momento culminante fue cuando, resguardados de la constante llovizna gracias al tupido bosque, nos detuvimos los cuatro para respirar un poco y el madrileño, que iba delante de Isa, con su buena fe se giró hacia ella y la animó. Ella, que por aquel momento estaba sacando los pulmones por la boca y su voz al hablar era más bien parecida a la de Vito Corleone, asentía con la cabeza y escuchaba las palabras de este:

“No te preocupes, Isa, Aza llevará un rato tu mochila y así podrás respirar mejor, verdad, Aza?….. ¿Aza?”

Al girarse ellos dos, se dieron cuenta de que Aza había salido escopeteada bosque arriba y ya les separaba una distancia en vertical importante, y con ella, yo. Digamos que, un rato más tarde a ese momento, la cara azulada de Isa junto con su incipiente irritación por el gesto contrastaba enormemente con la sonrisa de Andrés, ataviado con mi mochila y también con la de Isa. Si, también confieso esto otro: yo también sufrí lo mio y quizás descuidé a mi pequeña amiga, abandonándola a su suerte aunque supiera que estaba con él y por tanto, se hallaba en buenas manos…. lo siento chiquitina, te compensaré la próxima vez que quedemos para hacer un viaje ;-).

A decir verdad, aún pasadas unas semanas sigue el cachondeo de ese momento por las redes sociales.

Tras unas agotadoras horas habiendo puesto a prueba nuestros pulmones, piernas y mas de una vez nuestro propio orgullo, llegamos juntos a la cima para comprobar que la niebla y el mal tiempo encapotaba todo el paisaje, imposibilitando cualquier atisbo de ver el fiordo y aún menos tomar unas fotografías pero eso no hizo amedrentar nuestro animo y entre sonrisas, inmortalizamos aquel momento y montamos la tienda de campaña para pernoctar allí, en medio de un antiguo camino que actualmente nadie parecía usar desde hace tiempo. Andrés, que le restaba una hora para iniciar su jornada laboral, junto con Aza, se despidieron de nosotros y ambos residentes de Innvik iniciaron su descenso de forma acelerada (y según me contaron posteriormente, accidentada también).

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¡Llegamos a la cima del Utsikten!. Inmortalizando ese momento con la ayuda de un autentico “Palo Selfie“. Foto: Isabel Olmedo Perdiguero

Afortunadamente contaba con una de esas tiendas ultraligeras del Decathlon que se arman en dos segundos, porque en ese preciso instante empezó la lluvia a aumentar su intensidad, por lo que nos dio tiempo a meternos algo mojados pero no calados hasta los huesos, permitiéndonos dormir (con algo poco de frío) bajo el influjo del melodioso sonido de la lluvia golpeando la lona y el suelo mientras el petricor alcanzaba nuestras fosas nasales.

Unas horas de sueño más tarde, desmontamos rápido el campamento aprovechando el breve respiro que nos ofrecía el cese del diluvio y nos pusimos en marcha, esta vez por el sendero más plano aunque también más largo. Avanzábamos preguntándonos cuán largo debía ser el sendero, rodeado por tupidos arboles, cubierto por la maleza y sin una alma que se cruzara con nosotros: no había rastro de vida alguna, salvo por restos de lo que parecía un camión cisterna del ejercito ruso, oxidado y de aspecto fantasmagórico, sin duda testigo de la presencia de un antiguo cuartel ruso por aquellos lares, abandonado ya antaño. Finalmente, abandonamos el bosque para proseguir hasta el camping por la carretera, andando por la cuneta y siendo acompañados por el majestuoso Innvikfjorden (fiordo de Innvik), completamente descubierto por la ausente niebla de hacía unas horas.

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Innvikfjorden. Foto: Isabel Olmedo Perdiguero

Finalmente llegamos al coche y nos pusimos en marcha, eso si, con cierta celeridad ya que Isa tenía por la tarde un simulacro de incendio del trabajo y no podía ausentarse. Así que, sin mayor dilación, pusimos el coche rumbo a Måløy para que ella apagara fuegos y rescatara gatos mientras yo preparaba la comida.

Tras simulacros, comidas y algo de siesta, decidimos que debíamos terminar con la visita por las tierras del oeste y aprovechando la aún luz del ocaso para visitar los tetsteed: las pequeñas aldeas colindantes a la ciudad donde uno podía hallar hermosas formas en roca que la fuerza de la naturaleza había cincelado a capricho, playas de arena blanca rodeadas de verdes montañas que ofrecían un atardecer idílico, carreteras tenebrosas cubiertas por la niebla que tapaban gigantescos molinos de viento que giraban lánguidamente o incluso un faro (Kråkenes Fyr) en Raudeberg, más bien sacado de una novela de Julio Verne.

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El Kannsteinen (Måløy). Foto: Isabel Olmedo Perdiguero

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El Mar del Norte (Måløy). Foto: Isabel Olmedo Perdiguero

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Revfiksanden (Revfik). Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

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Panorámica de Revfiksanden. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

Tras disfrutar de cada una de las visitas a esos lugares, volvimos a Måløy para hacer el equipaje, cenar y acostarnos lo antes posible para que yo, a las seis de la mañana pudiera ponerme de nuevo rumbo a Elverum, con la satisfacción de haber vivido unos días en los que no faltó absolutamente nada salvo y quizás, unas jornadas más para disfrutar de tan grata compañía. Y así termina mi aventura por Vestlandet, aún saboreando la experiencia vivida mientras escribo estas lineas y veo de nuevo las fotografías.

La vida está llena de casualidades: momentos contenidos en una sonrisa, en un glaciar, en un café recién hecho, en una cerveza, en una conversación junto a un fiordo, en un ocaso, en una playa, en un faro. Por supuesto que uno no necesita viajar al Oeste para disfrutar de esas casualidades, en cualquier lugar la vida ya nos proporciona fugaces momentos que podemos grabar en nuestra memoria mientras vivamos, pero puedo deciros que las casualidades en Vestlandet perduran tanto como la luz del sol de verano en el Oeste.

¡No dejéis nunca de vivirlas. No dejéis nunca de vivir!

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comentarios
  1. Whynot? dice:

    No lo olvides nunca… “Ese camino siempre lleva al Oeste…” 😉

  2. joan Aldrufeu dice:

    Bruno, si els teus somnis no t’espanten és que no són prou grans.
    Petons

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