De Steinkjer a Sparbu (segunda parte)

Publicado: 6 junio, 2014 en Noruega 2.0
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Lo prometido es deuda. Ya os dije que no me demoraría en relataros los cuatro días de mayo y aquí estoy, una vez más, en este pequeño rincón de mi vida donde plasmo mis vivencias, como buenamente puedo. Aquí vamos:

Día 1 de la visita familiar: Steinkjer y alrededores

 2 de mayo. Nos levantamos temprano bajo un cielo encapotado que amenazaba lluvia torrencial Made In Norway. Nos vestimos y nos apresuramos para ir a comprar comida a primera hora y así aprovechar el día como Dios manda. Hoy iríamos a Steinkjer y alrededores. Huelga decir que no es una ciudad que posea grandes y bonitos lugares que visitar, pero bueno, ya que estaban mi hermano y mi padre aquí, que menos que mostrarles el lugar que me ha acogido desde el principio y hasta ahora.

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Iglesia de Egge. Foto: Juan Aldrufeu Navarro

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Posando junto a una espada. El noruego que la llevara debiera ser enorme, eh?. Foto: Juan Aldrufeu Navarro.

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“La espada de Egge”. Foto: Juan Aldrufeu Navarro

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Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

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El cementerio vikingo: Tres círculos formados en roca, cuyo centro en teoría, descansaban personalidades importantes. Foto: Juan Aldrufeu Navarro.

Conduje hasta la pequeña ciudad y efectivamente, el tour fue realmente escueto ya que solo les mostré la casa donde vivía antes, el centro comercial (si amigos, lo habéis leído bien, el centro comercial, podéis jartaros un poco) y las vistas que conferían a lo lejos las cabañas, los bosques y las montañas del paisaje nórdico del lugar. Fuimos a comer tras el “majestuoso” tour por las tiendas de los grandes almacenes y decidimos visitar Egge, donde se encuentra el cementerio vikingo y la iglesia del mismo lugar. Tras hacer algunas fotografías a las piedras concéntricas cubiertas de musgo y comprobar que empezaba a lloviznar, volvimos de nuevo a Malm, no sin antes recoger algunas maderas para usarlas en la chimenea (no hacía una temperatura especialmente fría pero cuando uno vive en una casa en Noruega dotada de chimenea, debe usar si o si la chimenea, aunque sea por puro postureo). Mi padre y yo aprovechamos para ir al sótano, en uno de los compartimentos donde se hallaba la sierra y algunos troncos para usarlos como alimento al chisporroteante fuego. Fue allí donde descubrimos, en una sala contigua, unas puertas de acero inmensas que daban acceso a lo que parecía un horno crematorio del tamaño de una cabina de ascensor con capacidad para doce o quince personas. Este poseía las paredes totalmente tiznadas y cubiertas de hollín y al asomar nuestras narices, se podía apreciar aún el aroma a quemado. Observando más detenidamente, vimos una viga de acero que sostenía un gran gancho y en el suelo, una montaña menuda de ceniza. Por si fuera poco, frente al crematorio, había una caja de herramientas repleta de casquillos de rifle y cadenas de motosierra; Imagino que el crematorio se usaría para deshacerse de la basura pero todo aquello bastó para que mi padre y yo bromeáramos sobre la versión noruega de Ed Gein que pudiera podido habitar antes que nosotros.

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Celebrando el cumpleaños como es de menester. Mi padre empieza a dominar los selfies. Foto: Juan Aldrufeu Navarro

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Su primer cumpleaños en Noruega. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

Tras el pequeño tour en el sótano de los horrores y comprobar que todas las casas tienen su lado siniestro, encendimos la chimenea y preparamos una cena especial, ya que íbamos a celebrar el trigésimo cumpleaños de mi hermano (y también su primer cumpleaños en Noruega) y lo celebramos como solo en casa en Barcelona solemos hacer: Pà amb tomàquet (Pan con tomate a los Catalan Style), embutidos varios, queso semicurado (cortesía del Sr. Aldrufeu senior) y unas cervezas Estrella Galícia que uno puede adquirir en cualquier supermercado de aquí, pagando un poquito más ya que son de importación. La ocasión lo merecía. Tras soplar las treinta velas del pastel y hacernos las fotos de rigor, hablamos por Skype con mi madre y nos fuimos a dormir temprano para ir poder seguir con el tour al día siguiente.

Día 2 de la visita familiar: Trondheim

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Monumento a Olav Tryggvason, Rey vikingo. Foto: Juan Aldrufeu Navarro

Nos apresuramos a salir de casa ya que el tiempo parecía mejorar y no se avistaban nubes de aspecto sospechoso. Condujimos durante hora y cuarenta minutos por la estrecha carretera que llevaba a Trondheim y a lo lejos pudimos observar la oscuridad que se cernía sobre la ciudad; negras e inmensas nubes que vaticinaban el Apocalipsis. Fue al cruzar el cartel de “Velkommen til Trondheim” cuando una tormenta de nieve parecida a las que Ned Stark auguraba cada vez que decía “Se acerca el Invierno, desencadenó su furia; mi padre y mi hermano quedaron impresionados. Jamás habían visto tal ventisca formarse en tan poco corto espacio de tiempo (y es que, los copos de nieve eran realmente grandes, del tamaño de un pulgar). Íbamos conduciendo con suma dificultad debido a la tormenta, por los lares de la estación de tren, en busca de un aparcamiento pero tras comprobar que no se podía estacionar el automóvil sin la conveniente autorización, tratamos de aparcar en un garaje. Una vez dentro, dimos dos o tres vueltas sin éxito, ya que estaba lleno y volvimos a salir. Fue allí cuando mi hermano y mi padre literalmente, no daban crédito a la situación: ¡No solo la tormenta había cesado por completo, sino que además, había salido el sol… en diez minutos!

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Catedral de Nídaros. Foto: Juan Aldrufeu Navarro

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El puente de Trondheim. Las casas de diverso colorido al fondo de este. Foto: Juan Aldrufeu Navarro

Finalmente dejamos el coche fúnebre estacionado e iniciamos la visita por Trondheim y mientras andábamos por sus calles rodeadas de edificios de madera, mi padre fotografiaba cada rincón de la antigua aunque encantadora ciudad. Vimos la estatua de Olav Tryggvason en el centro de la rotonda peatonal, andamos hasta llegar a la Catedral de Nidaros y su cementerio, un lugar realmente bonito. Atravesamos el puente de Trondheim y desde allí podíamos contemplar el diverso colorido que ofrecían las casas que custodiaban el río que atravesaba la ciudad. Luego, en busca de un lugar donde poder parar para hacer una cerveza, hallamos el ascensor para bicicletas (más parecido a un tele-arrastre que ascensor), algo realmente curioso y digno de ver.

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El ascensor para bicicletas. La pendiente demuestra que efectvamente, muchos pedían a gritos un invento como este. Foto: Juan Aldrufeu Navarro

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El calor del hogar. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

Tras un paseo no muy agotador, decidimos ir a comer al lado de la catedral y luego proseguimos la visita durante un breve espacio de tiempo hasta que el tiempo volvió a amenazar lluvia. Por ello decidimos retomar el coche, no sin antes parar a una gasolinera para comprar un saco de leña y conducir hasta Malm.

Mientras dejábamos que la tarde pasara, mi padre, que siempre le ha gustado esto de tener chimenea, se entretuvo cortando unos cuantos troncos del sótano para poderlos aprovechar, junto con la leña adquirida en la gasolinera. Mientras el fuego chisporroteaba y daba calor al hogar, cenamos y decidimos que haríamos el día siguiente y yo sabía cual era la excursión de mañana. Oftenåsen.

Aún así, mi hermano y yo cogimos el coche aquella noche para irnos a Steinkjer a, como no, al Onkel Oskar, para pasar un rato agradable y ya puestos, pasarlo en compañía de las Nuevas Chicas del Bloque; las enfermeras españolas que habían aterrizado hacía pocos días. Balance de la noche: escuchamos “Empire State of Mind” tres veces, “Can’t hold us” cuatro veces, “Talk dirty to me” otras cuatro y algunas más que el “DJ” (por decirlo de alguna manera) puso a modo REPEAT del mismo cd durante toda la noche… aún así, mi hermano se lo pasó genial y con eso ya me daba por por satisfecho.

Día 3 de la visita familiar: Oftenåsen y la playa

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La flecha señala el camino a seguir. Foto: Juan Aldrufeu Navarro

Aprovechando que empezó el día de forma estupenda y radiante aunque con algunas nubes, condujimos hasta Steinkjer para hacer una pequeña excursión por el Oftenåsen, la montaña más alta de la ciudad. Era una excursión que me apetecía volver a realizar y aun más cuando se trata de acompañar a mi hermano y mi padre, entusiastas de las excursiones ambos. Previamente, fuimos a comprar en el supermercado un Engansgrill y comida para la barbacoa que posteriormente haríamos en Paradisbukta, una playa la lado del fiordo, dotada de césped, mesas y brasas para convertir cualquier merendola en algo idílico.

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El camino hacia la cima. Foto: Juan Aldrufeu Navarro

El trayecto se inició en el pequeño bosque que rodea el cementerio de Steinkjer y se erige hasta el sendero que lleva a Trana, una pequeña llanura de donde parten dos caminos: uno largo y de pendiente pronunciada y otro de kilómetro y medio con pendientes moderadas. Decidimos no tentar a la suerte y seguimos por la segunda opción, avanzando sin prisa pero sin pausa hasta su cima, donde se halla el Peilehytta, la cabaña que durante la Segunda Guerra Mundial se utilizó como estación de comunicaciones para captar señales de radio del Ejercito Alemán y posteriormente, durante la Guerra Fría, lo propio con las emisoras rusas.

Anduvimos largo y tendido durante un buen rato, envueltos en la más pura naturaleza, solo acompañados por nosotros mismos, el aroma de los bosques frondosos y como no, de otros excursionistas que subían y bajaban las cuestas como si de asfalto en terreno llano se tratara, sobretodo la gente mayor; es impresionante ver como los ancianos poseen tanta vitalidad (deberíais verlos en las maquinas de musculación de cualquier gimnasio. Harían palidecer a cualquier fisioculturista). Mientras los Aldrufeu senior y junior se dedicaban a realizar fotos de los paisajes que ofrecía la altura de la montaña, íbamos viendo algunos carteles informativos sobre la fauna variada del lugar; búhos, ardillas, liebres y… lemmings! (Si amigos, los lemmings existen, nunca han sido una invención para un videojuego).

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El Peilehytta. Foto: Juan Aldrufeu Navarro

Finalmente, nuestros pies dieron con la cima; una inmensa antena de radio se erigía en lo más alto, junto a la pequeña cabaña donde banderas noruegas ondeaban con la brisa. Y justo al borde opuesto de la cima, una silla de cinco metros construida en madera forma parte del paisaje del lugar y es el foco de atención de todo aquel que se aventura al Oftenåsen y quiere hacerse una fotografía sobre ella.

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La Silla de Peilehytta. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

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Foto: Juan Aldrufeu Navarro

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Como no, con la bandera noruega. Foto: Juan Aldrufeu Navarro

Nos hicimos, efectivamente, las fotos de rigor y nos adentramos a la cabaña donde un vaso de chocolate caliente y una silla reconfortaban al momento mientras podíamos ver las antiguas fotos en blanco y negro que decoran las paredes de la modesta cabaña. Al mirar por la ventana el aún buen día que hacía aunque también con aquellas nubes de semblante sospechoso, decidimos abandonar el lugar y descender hasta el coche lo antes posible para no tentar a la suerte con el tiempo, cambiante de forma muy presta.

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Paradisbukta. Foto: Juan Aldrufeu Navarro

Anduvimos los dos kilómetros y medio hasta el coche y una vez acomodados en nuestros asientos, comprobamos que los primeros copos de nieve empezaban a descender hasta terminar por deshacerse en el parabrisas. Merda, procuramos los tres al unisono mientras íbamos conduciendo hasta la playa y una vez parado el coche en el aparcamiento contiguo a la zona de merendero, volvió a cesar la nieve para dar paso a pequeños y tímidos rayos de sol que se escondían tras las negras nubes que pasaban en aquel instante. Dimos una vuelta para hacer tiempo, considerando que teníamos un cincuenta por ciento de posibilidades de que el tiempo mejorara o se desatara el Apocalipsis invernal y nos “aguara” la barbacoa. Recorrimos el pequeño sendero que daba paso al bosque y mientras fotografiamos las bonitas vistas de aquel lugar, consideramos la posibilidad de no tentar demasiado la suerte y regresar al coche para descargar lo adquirido en el supermercado e iniciar la modesta barbacoa.

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El Engangsgrill. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

Dicho y hecho, el tiempo aguantó y pudimos disfrutar de unas deliciosas hamburguesas y pollo a la brasa mientras el olor a salitre (aunque sea fiordo, hay que considerar que el agua de este es ligeramente salobre) se mezclaba con la de la carne cocinándose y hacía las delicias de los presentes. A mi padre le encantó aquel sencillo dispositivo con que podía hacerse todo tipo de carne y por su cabeza se le pasó el poder adquirir algunos para llevárselos a Barcelona. Pues no es una mala idea, francamente.

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Preparando la barbacoa. Ni Georgie Dann lo hubiera hecho mejor. Foto: Juan Aldrufeu Navarro

El señor Murphy, con perdón, a veces es un poco cabrón y de vez en cuando, más frecuentemente que raramente, agua la fiesta de cualquiera en un abrir y cerrar de ojos; justo cuando nos introducíamos el último trozo de manzana como postre en nuestras bocas, empezó a granizar hielo del tamaño de las bolas de Porexpán con que embalamos los objetos delicados. Empezamos a reír y a contar las múltiples formas con las que Dios decide adoptar forma y honrarnos con su presencia aquí, en Noruega: Niebla, lluvia torrencial, ventisca invernal o Bolas de Porexpán. El señor Murphy, con perdón de nuevo, es un poco cabrón pero aquella vez nos permitió realizar una estupenda barbacoa al pie del fiordo en un país nórdico como Noruega; algo que sin duda mi especial visita habrá sabido apreciar y recordará.

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El curioso caso de las Bolas de Porexpán. Foto: Juan Aldrufeu Navarro.

Recogimos los bártulos y nos dirigimos al coche para regresar a Malm y así, poder cenar y dormir, no sin antes, hablar con mi madre por Skype, que esperaba ansiosa las buenas nuevas de la jornada. Mañana debían rehacer maletas para volver a Barcelona.

Día 4 de la visita familiar: Regreso a Værnes

Nos despertamos aquella mañana para contemplar como efectivamente, tenía mucha razón con el Señor Murphy y justamente, el último día, hizo el mejor día de todos; soleado y sin ningún atisbo de nube aguafiestera en el horizonte. Nos reíamos de la casualidad pero eso no sirvió para desalentarnos, pues habíamos logrado realizar lo que yo había planeado para con mi especial visita. Metimos las maletas en el Suzuki Baleno junto con mi mochila (por la tarde, a eso de las tres, debía iniciar mi jornada laboral) y recorrimos carretera mientras pensábamos en los momentos tan estupendos que habíamos pasado durante estos cuatro días en mi nuevo hogar. Apreciábamos el paisaje que cobraba vida y luz gracias al día tan esplendido y mi padre y mi hermano se maravillaban por el espectáculo que solo Madre Naturaleza de este lugar podía ofrecer. ¡Que cortos se hacen los buenos momentos!. Llegamos al aeropuerto y mientras comíamos algo antes de despedirnos, controlábamos la hora para sendas salidas: la mía para Sparbu, la de ellos para Barcelona. Fue ese momento, en la despedida, tras los abrazos y besos de rigor, ya sentado en el coche para irme, cuando mi padre puso su mano encima de la mía y en sus ojos vi esa expresión que solo un hijo puede entender de su padre: un “te echare tanto de menos” cuyas palabras no hacen falta ser pronunciadas. Aun hoy recuerdo esa expresión y se me hace un nudo en el estomago y me embarga la emoción.

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Selfie y retoque del momento. Foto: Juan Aldrufeu Navarro

Bien. Este ha sido el relato de la fantástica visita familiar de un servidor. No imagináis cuan saludable fue la presencia de dos de las personas mas importantes de mi vida, cercanos a mi y no imagináis cuanta nostalgia genera un ser querido cuando se halla lejos, muy lejos. Espero contar la próxima vez, con la presencia de mi madre o quien sabe, de mi abuela (Nuri, si pots llegir això, un petó molt gran!)

Bueno, no deseo demorarme más… casualmente, me ha venido a la cabeza una de las pegadizas melodías del juego Lemmings y creo que…. voy a buscar el juego y voy a jugar un buen rato…. hasta otra!

comentarios
  1. carlota dice:

    Cositas que me vienen a la cabeza:

    1.- No hay como la Estrella Galicia para acompañar ese queso que me ha hecho babear hasta lo indecible….buena elección , melón! 😉 .

    2.- Jamás te perdonaré que no haya registro gráfico del sótano de los horrores…llámame pedorra rencorosa.

    3.- El Sr. Murphy es un cabrón sí o sí, así que déjate de tanto “perdón” y discúlpate sólo cuando cometas errores/mientas/hagas daño/…o similar.

    4.- Aconsejo a tu familia que si les flipa ver las 4 estaciones en un sólo día…con que se den un voltio por Galicia lo tienen asegurado. Más económico…y más bonito, qué carallo!! xD.

    5.- Me alegro lo indecible de que lo disfrutaseis tanto y tengas tan buenos recuerdos atesorados.

    • bobtainer dice:

      Jajajajaja….. gracias, Carlota, por tu comentario. Si, ha sido un fallo no haber documentado gráficamente el mini Auschwitz de la casa…. no te preocupes, a la próxima casa que vaya (que seguro que habrá algún instrumento de tortura de la época de la Inquisición, le haré unas fotos para tí. Ya hemos ido a Galicía pero quizás, al estar tan “cerca”, no tiene tanto merito como ir a Noruega, pero tranquila, que algún día volveremos a visitarla. Un abrazo.

      P.d: Tienes razón, eres una pedorra rencorosa. 🙂

      • carlota dice:

        ….No sé si un simple artilugio oxidado compensará el perderme todo un escenario que alimentase mi perversa imaginación durante largo tiempo…Pero siempre puedes intentarlo.

        P.D: …Yo siempre tengo razón, melón. Es una maldición como otra cualquiera que sufro con paciencia…con lo bonito que es a veces equivocarse oye

  2. […] De Steinkjer a Sparbu (segunda parte) […]

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