Esos Locos Bajitos (y noruegos)

Publicado: 23 marzo, 2014 en Noruega 2.0
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Con la venia del maestro Serrat, hoy inicio este post para documentar lo últimamente acontecido con el título de una de sus canciones más celebres. Y es que no cabe duda que los niños son sorprendentes y deben ser mencionados (y aún escribo estas lineas mientras tarareo aquello de “Niño, deja ya de joder con la pelota. Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca“). Con el fin de poder alumbrar a más de uno en su particular oscuridad y confusión al ponerme a hablar de niños, pelotas y Serrat, narraré lo acontecido por donde deben iniciarse las cosas siempre: en sus albores.

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Bienvenido a Namdalseid. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

Esta vez mis pasos me han llevado a Namdalseid, una pequeña provincia del Norte de Trøndelag situada a casi cuarenta kilómetros de Steinkjer y al noreste de Namsos, contando con mas de mil quinientos habitantes. Mi destino era, al bajar del bus que me había traído al lugar tras un trayecto de cuarenta minutos, la Guarderia de Namdalseid; Los jefes y yo acordamos que ir a un hogar de infancia para mejorar el idioma podía ser una experiencia muy interesante y como no, lograría lo que no conseguía al trabajar con ancianos (o si lo lograba pero con mayor dificultad). Por supuesto, hay que tener en cuenta tres factores:

1.- Los ancianos del centro no suelen hablar, murmuran.

2.- Los ancianos del centro no tienen ninguna paciencia para corregir: a la segunda vez que uno los interroga sobre lo que han dicho o simplemente se les indica amablemente si pueden repetir lo mencionado, estos responden con un “Glem det” (Olvídalo)

3.- Los ancianos del centro no solo no hablan un idioma parecido al mio sino que hablan Trondersk, un dialecto del Bokmål, el idioma al que estoy un poco más familiarizado por puro y simple estudio (Algunas mentes preclaras, poco o nada habituadas al dialecto, lo han descrito como “una mezcla de Gaélico, Arameo y Lengua Negra de Mordor“). Para mas inri, los ancianos del centro (y presumíblemente todos los habitantes longevos del Nord-Trøndelag) hablaban Trondersk antiguo, dificultad añadida.

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Guardería de Namdalseid. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

Por contra, los niños tienen toda la paciencia del mundo y son incansables tanto físicamente como en su afán de saber y conocer. Bueno, así son los niños en mi tierra y quedaba por descubrir cuan diferentes son los niños noruegos de los de Barcelona. ¿La experiencia? Unas lineas mas abajo.

Tras llegar a la guardería y conocer a Hilde, una de las profesoras del lugar y la responsable en ayudarme con la experiencia (encantadora, siempre con una sonrisa en la boca y aprestada a ayudar en todo), me presentaron a los chavales; niños y niñas de cuatro y cinco años revoloteando, gritando y haciendo lo que todo niño debería hacer siempre: jugar. Debo reconocer que debido a mi trayectoria como enfermero y al no estar muy acostumbrado a la presencia de una gran afluencia de infantes y si a la de personas de dilatada vida a mi cuidado, la repentina sensación de que once pares de enormes y brillantes ojos de niño, de color azul de todos los tipos, me escrutaban en una mezcla de sorpresa y curiosidad, era del todo intimidatoria. Al menos al principio; y digo al principio por que sin que esto parezca un burdo intento de alarde fácil, debo aclarar que no solo me gustan los niños sino que además, servidor y los críos solemos congeniar bastante bien.

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Marionetas: Una forma amena para enseñar a los niños. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

Y dicho esto, los críos se acercaron sin ningún tipo de vergüenza y empezaron a preguntarme por mi nombre, donde vivo, que edad tengo, etcétera. Su sorpresa fue mayúscula cuando Hilde anunció que provenía de Barcelona; un sonido de ovación al unisono llenó la estancia. Tras ese escueto instante de toma de contacto, prosiguieron en sus quehaceres habituales y se acercaban a mi sin ningún tipo de problema para que los ayudara a hacer un dibujo, a jugar a sus juegos o incluso para seguir preguntándome cosas sobre mi. En esa última cuestión debo decir que charlar con niños es una experiencia muy enriquecedora, pues hablan realmente claro y como he dicho antes, tienen paciencia de sobras para repetirle a uno las cosas.

La dinámica habitual de las clases en la guardería noruega es bastante simple y regular: a primera hora, mientras llegan los niños en cuentagotas, los profesores juegan con ellos, leen libros e incluso, les explican la historia de Noruega mediante marionetas, logrando que los niños, no solo aprendan un poco sobre su patria, sino que además lo aprendan de una forma totalmente didáctica y amena. Los profesores apuestan por “el uso de juegos de rol e interacción para desarrollar las mentes de los más jóvenes” y logran que algo tan posiblemente arduo como una clase de historia, sea algo divertido y emocionante. ¡Que gran razón tenia el sabio cuando dijo!:

“No hay asignaturas aburridas sino malos profesores”

Tras el desayuno, los niños se atavían con jerséis, leotardos de lana, gorros, manoplas, ropa y botas de lluvia y salen en bandada al patio. No sin antes oír un millar de veces la frase mas habitual del lugar: “Kan du hjelpe meg?” (¿Puedes ayudarme?), refiriéndose ellos a que yo les ayude a ponerse kilos de ropa como si de cebollas se trataran. Y aquí llega mi primera sorpresa: Los niños siempre juegan fuera. SIEMPRE. No importa que el pronostico meteorológico sea de un día radiante o que llueva a cantaros. O que no llueva pero al haber diluviado el día anterior, el patio se ha convertido en un barrizal. No importa demasiado si el viento trae consigo un aire cruelmente gélido o si nieva nada, casi nada, mucho o si los copos de nieve, del tamaño de un pulgar adulto, convierten Noruega en Hibernalia. Los niños juegan SIEMPRE al patio. Fui a preguntarle a Hilde sobre esta cuestión y su respuesta fue:

¿Y que van a hacer los niños? ¿Quedarse encerrados en clase durante todo el día, trescientos días al año?

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Jugando por el patio. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

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Rebozándose en el barrizal. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

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Cuando la nieve llega por encima de sus rodillas… Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

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No es una estación de esquí, es el patio de la guardería. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

Lógica noruega aplastante. Aún así, me temo que si algunos padres en España vieran que sus hijos hicieran lo propio que sus homónimos noruegos, aumentarían notablemente y de forma drástica los casos de infarto de miocardio. Los noruegos son un pueblo diferente al nuestro y no cabe la menor duda de que hay algunas costumbres y actividades sociales que pueden llegar a sorprender a cualquiera. Es una gran verdad cuando dicen que viajar y ver mundo enriquece a uno como persona y permite abrir la mente, incluso la más obtusa.

Mientras los chavales juegan despreocupádamente en los columpios, tirándose por el tobogán o lanzándose por la cuesta (si esta completamente nevada, claro) con los esquís o trineo, o jugando a las carreras con los triciclos, o haciendo formas de tierra con cubos y palas, bajo la mirada atenta de los profesores, que nunca pierden el contacto visual con ellos aunque de vez en cuando se relajen y hagan algún juego con los niños. Y así van pasando las horas hasta que llega la hora de comer; los niños se desvisten y regresan a la clase donde comen, no sin antes cantar alguna canción para dar las gracias por la comida. Tras la comida, prosiguen los juegos o los trabajos manuales en clase junto con la profesora hasta que los padres vienen a buscar a sus hijos.

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El Tipi. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

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El campamento. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

Y esa, amigos míos, es la dinámica de lunes a jueves. Y digo que es así durante los primeros cuatro días por que cuando llega el viernes, la clase de Los Conejos (así se llama la clase donde estoy yo) se va de excursión al bosque ubicado justo al lado de la guardería. Los niños se visten para la ocasión (como cuando van al patio, vamos) y traen consigo sus mochilas mientras Hilde y un servidor llevamos la bolsa con comida y bebida. Tras hacer el recuento correspondiente, niños y profesores caminamos por el bosque de robledales y abetos de gran altura a través de un estrecho y serpenteante sendero hasta llegar a un puente que sortea un riachuelo, hecho con tablas humedecidas por las inclemencias meteorológicas y tras el río, encontramos un pequeño campamento compuesto por un par de cabañas construidas con tablones, un inmenso tipi dotado con un estufa de leña y dos arcones donde guardan un sinfín de materiales para el mantenimiento del campamento. Aparte de diversas estructuras de juego, también construidas de forma rudimentaria con la madera de los arboles de alrededor, en el centro del campamento se encuentra una especie de brasas con las que los niños calientan su comida y estos se sientan en minúsculos bancos, alrededor del rugiente fuego. Me llama la atención como los noruegos enseñan a edades muy tempranas a su prole, ese contacto tan vivo con la naturaleza. Ese contacto que personas como yo, que vienen de grandes urbes como Barcelona, hemos ido olvidando con el paso del tiempo.

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“Pablito clavó un clavito” Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

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Chiquillo noruego serrando de forma muy profesional. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

Y aquí viene mi segunda sorpresa: Hilde, tras ir al cobertizo cercano al campamento, regresa con un par de sierras, dos martillos de carpintero y clavos tan largos como mis dedos y tras procurarme una sonrisa, deposita esos objetos en las manos de los niños y estos, inician su particular juego, serrando tablones y clavando los clavos por las paredes de las cabañas. Hilde se percata de mi cara de asombro y sin dejar de sonreír me dice: “Los niños también aprenden a experimentar a través de tocar las cosas, jugar con ellas. ¿Que hay de malo en darles herramientas si aprenden con ello, a usarlas de un modo adecuado?“.  

Observo a los menudos, jugar con herramientas de carpintería, jugando en estructuras llenas de astillas y dotadas de clavos sobresalientes y oxidados por doquier, sin ningún tipo de protección y aún así, los niños no se lastiman, no sufren absurdos accidentes ni veo constante preocupación en la cara de Hilde al ver moverse los chavales por el bosque. Los niños aprenden deprisa y si una vez, se lastimaron con un clavo o por jugar con alguna herramienta de forma indebida, no vuelven a tropezar en esa piedra más. A decir verdad, me agrada ver el sistema que tienen aquí para los niños y me vienen a la cabeza algunos pensamientos en voz alta que obviamente pueden no ser compartidos por algunas personas, especialmente las más preparadas que yo en lo que concierne a la pedagogía, ya que, este es precisamente, mi humilde pensamiento en voz alta como simple observador, profano en la materia:

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“La cabaña del abeto” con astillas y clavos sobresalientes. Foto: Bruno Aldrufeu Quiñonero

1) Recuerdo mi niñez en parques infantiles y estos estaban dotados de estructuras de madera y planchas de hierro en un suelo de tierra y grava. Estas estructuras, debido a las inclemencias meteorológicas y al maluso uso reiterado, provocaba que las maderas estuvieran llenas de astillas, que las planchas de hierro estuvieran ardiendo por la exposición al sol continuo, o llena de oxido por la lluvia y la humedad. Y aún así, seguíamos jugando y no pasaba absolutamente nada. Y si algún día volvíamos a casa con las rodillas llenas de tierra, peladas por la grava, con manchas de oxido en nuestras manos o alguna que otra astilla clavada en los dedos, no pasaba nada: se extraía la astilla, se lavaba las manos y las rodillas con agua y jabón, se aplicaba Mercromina y solucionado.

2) Ahora podemos echar un vistazo a los parques infantiles en la actualidad y todos están provistos de suelos de un material gomoso para evitar que los niños se lastimen al caer. Las estructuras son de plásticos u otro material de larga duración, resistente al tiempo y por supuesto, no astillarse. Incluso las cuerdas son de un tipo de material que evita que los niños sufran abrasiones en las manos.

3) No es que sea partidario de que los niños sufran algún tipo de percance (Dios no lo quiera, por supuesto) pero… después de ver a los niños noruegos pienso: ¿Y si los sobreprotegemos demasiado? ¿Y si en nuestra concienzuda dedicación a evitar que los niños se lastimen también evitamos que los niños aprendan experimentando?

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Algunas profesoras de la guardería. De izquierda a derecha: Gunhild Buvarp, Maiken Rasmussen, Hanne Hanssen, enhetsleder Liv Damås, Marte Staven og Hilde Saugestad. Foto: Bjørn Tore Ness (Namdalsavisa)

Y tras estas cavilaciones, mi estancia por hoy llega a su fin. Es el momento de regresar a Steinkjer y mientras el bus que me lleva, avanza rápidamente por la estrecha carretera, acercándose a la ciudad donde resido, no puedo evitar sonreír al imaginarme a Esos Locos Bajitos jugando con sus sierras y sus martillos, mientras alguna madre les grita a pleno pulmón:

“Niño, deja ya de joder con la pelota sierra. Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca”

comentarios
  1. […] laboral debido a mi idioma, otros periodos de prácticas de idioma en centros (e incluso en una guardería) sin percibir sueldo alguno. Si, lo sé, os preguntareis: “¿Y que tiene de positivo estar […]

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